Fuimos a Japón y quiero escribir algunas cosas sueltas sobre anécdotas o cositas raras que vimos.
- Te podés hacer entender por gestos. No todos son iguales pero si se puede comprar un remedio para aftas, todo se puede.
- El helado de té verde es horrible.
- El chocolate con té verde es horrible.
- El agua saborizada con té verde es horrible.
- El té verde, misteriosamente, no es horrible.
- Existen los sánguches de miga.
- Hay sandías cuadradas.
- El boleto de bondi lo pagás al bajar.
- Pasás la SUBE dos veces en el subte. Al entrar y al salir. Depende de la distancia viajada te cobra. Y si no tenés saldo hay máquinas para recargar.
- Podés usar la SUBE ponja en expendedoras y algunos mercaditos.
- Dicen gracias y por favor todo el tiempo. TODO EL TIEMPO.
- Manejan del otro lado.
- Circulan del otro lado.
- No hablan por celular en el transporte público o lo hacen en voz tan baja que es inaudible.
- No tiran papeles en la calle. De hecho casi no hay cestos.
- Reciclan mucho.
- Son amables, limpios, simpáticos y atentos.
- Siempre hacen todo pensando en los demás antes que en ellos mismos.
- Andan mucho en bici.
- Los autos frenan para que cruces la calle y te esperan sin tocarte bocina.
- Casi no tocan bocina.
- Te dan cucharita o palitos cuando comprás comida incluso en los convini (una especie de mercadito que hay por todos lados).
- Pocos hablan y muy poco inglés.
- Pasean perros en carritos de bebé.
- No tocan nada que no sea suyo. Doy fe, me olvidé mi cámara de fotos en un lugar, volví a la hora y estaba en el mismo sitio donde quedó.
- Se ríen mucho.
- No puedo confirmar o desmentir que tiren arroz a los recién casados.
- No vi arroz integral.
- Toman mucha sopa.
- Hay mucha humedad.
- Todos tienen paraguas.
- Todos tienen muñecos o similares en bolsos, celulares, mochilas, etc.
- Hay algunos, muy pocos, con rulos.
- No son todos iguales.
- En los parques te encontrás animales y nadie los molesta: ciervos, peces, tortugas.
- Son reservados pero a los baños públicos entran desnudos.
- Hacen fila para todo y respetan la línea desde la cual formarse.
- Les cuesta mucho la "ele" y la pronuncian como una "ere" suave ejemplo: luna es "runa".
- Comen mucho dulce de porotos.
- Hay silencio.
- Muchos te acompañan hasta el lugar donde quieras ir cuando preguntás por una dirección.
- Pocos saben dónde queda una dirección, miran el celular y te guían.
- Aceptan lo que les regales sin decir antes "no".
- Si vas a comer, te dan agua gratis.
- No se deja propina.
- Todo tiene instrucciones.
- 90% de la gente que anda en bicicleta no sube el asiento.
- Las mujeres usan los zapatos grandes. 2 o 3 números.
- Hay muchísimas minas chuecas.
- Los chicos van al colegio sábados y domingos para extracurriculares.
- Los dulces no son ricos.
- Te quedás con ganas de volver.
Mostrando entradas con la etiqueta Observación cotidiana. Mostrar todas las entradas
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martes, 18 de octubre de 2016
miércoles, 29 de abril de 2015
Canciones infantiles
El otro día, en una cena con amigos, surgió el tema de los contenidos de las canciones infantiles. Empezamos medio en broma y a medida que recordábamos lo que decían nos fuimos poniendo más serios. Son tristes. Son duras. Angustiantes. Y las cantábamos con alegría.
* Me pregunto si el sol sería el coronel o que se quedó a pasar la noche en el cuartel.
Después recordamos la de Catalina, una mujer que, bueno, lean la letra y díganme si no es algo tremendamente angustiante. Supongo estaba ambientada durante la guerra civil española.
Siete años sin ver al marido. ¡Y la mujer se iba a ir a un convento y a dejarle sus hijos a la patria! ¿Quién haría hoy un sacrificio en vida semejante?
Y por último, Mambrú. ¿No la recuerdan con alegría? Bueno, repasen lo que dice.
¿Se las acordaban así?
La Farolera tropezó
Y en la calle se cayó
Y al pasar por un cuartel
Se enamoró de un coronel
Alcen la barrera
Para que pase la farolera
De la puerta al sol *
Subo la escalera y enciendo el farol...
A la medianoche
Me puse a contar
Y todas las cuentas
Me salieron mal
Dos y dos son cuatro
Cuatro y dos son seis
Seis y dos son ocho
Y ocho dieciséis
Y ocho veinticuatro
Y ocho treinta y dos
Ay niña bendita
Me arrodillo en vos
Después recordamos la de Catalina, una mujer que, bueno, lean la letra y díganme si no es algo tremendamente angustiante. Supongo estaba ambientada durante la guerra civil española.
Estaba la Catalina
Sentada bajo un laurel
Mirando la frescura
De las aguas al caer
De pronto paso un soldado
Y lo hizo detener
"Deténgase usted soldado
Que una pregunta le quiero hacer"
"¿Usted ha visto a mi marido
En la guerra alguna vez?"
"Yo no he visto a su marido
Ni tampoco se quién es"
"Mi marido es alto y rubio
Y buenmozo como usted
Y en la punta de su espada
Lleva escrito San Andrés"
Por los datos que me ha dado
Su marido muerto es
Y me ha dejado dicho
Que me case con usted.
Eso sí que no lo hago
Eso sí que no lo haré
He esperado siete años
Y otros siete esperaré
Si a los catorce años no viene
A un convento yo me iré
Y a mis dos hijas mujeres
Conmigo las llevaré
Y a mis dos hijos varones
a la patria entregaré
Calla, calla, Catalina
Calla, calla de una vez
Estás hablando con tu marido
Que no supiste reconocer...
Así termina esta historia
de una infeliz mujer
que estaba hablando con su marido
y que no podía reconocer...
Siete años sin ver al marido. ¡Y la mujer se iba a ir a un convento y a dejarle sus hijos a la patria! ¿Quién haría hoy un sacrificio en vida semejante?
Y por último, Mambrú. ¿No la recuerdan con alegría? Bueno, repasen lo que dice.
Mambrú se fue a la guerra,
mire usted, mire usted qué pena
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá,
Do-re-mi,
do-re-fa.
No sé cuándo vendrá.
Si vendrá por la Pascua,
mire usted, mire usted, qué gracia.
Si vendrá por la Pascua
o por la Trinidad.
Do-re-mi,
do-re-fa.
O por la Trinidad,
La Trinidad se pasa,
mire usted, mire usted, qué guasa.
La Trinidad se pasa.
Mambrú no viene ya.
Do-re-mi,
do-re-fa.
Mambrú no viene ya.
miércoles, 8 de octubre de 2014
La ceja
Yo me siento joven. Es más, todavía lo soy. No sé a partir de qué edad se es viejo o se deja de ser joven. O si hay algo intermedio entre ser joven y dejar de serlo. El asunto es que yo me siento joven.
Tengo ganas de divertirme, me gusta jugar y cada tanto hasta me siento un niño. Es mi cuerpo el que me parece que cambia. Cada tanto me da alguna señal como para que me vaya haciendo a la idea de que el tiempo pasa.
Un dolor de espalda, una que otra canita, contracturas... Pero hay algo, una cosa, que es absoluta e imperturbable. Es tan insignificante que no sé cómo se convierte en la señal más fuerte e innegable de que ya no soy tan joven.
Cada tanto requiere de una tijera. Se trata, no lo voy a ocultar, de una ceja. Ella crece y sobresale erguida, orgullosa sobre mi frente. Mostrándole al mundo que hay una vejez incipiente en mí. Ofreciéndome, de manera aterradora, una vista previa de lo que será mi vejez cuando en vez de negra como la noche sea blanca como la luna y cuando no sea la excepción a mis cejas cortas sino una más entrelazada en una maraña de vellos añosos. Y así estará, solitaria, no sé cuánto tiempo más. Hasta que sean tantas que ya no podré controlarlas, mantenerlas cortitas. Dejarme.
Nunca pensé que una ceja pudiera hacerme sentir menos joven.
Tengo ganas de divertirme, me gusta jugar y cada tanto hasta me siento un niño. Es mi cuerpo el que me parece que cambia. Cada tanto me da alguna señal como para que me vaya haciendo a la idea de que el tiempo pasa.
Un dolor de espalda, una que otra canita, contracturas... Pero hay algo, una cosa, que es absoluta e imperturbable. Es tan insignificante que no sé cómo se convierte en la señal más fuerte e innegable de que ya no soy tan joven.
Cada tanto requiere de una tijera. Se trata, no lo voy a ocultar, de una ceja. Ella crece y sobresale erguida, orgullosa sobre mi frente. Mostrándole al mundo que hay una vejez incipiente en mí. Ofreciéndome, de manera aterradora, una vista previa de lo que será mi vejez cuando en vez de negra como la noche sea blanca como la luna y cuando no sea la excepción a mis cejas cortas sino una más entrelazada en una maraña de vellos añosos. Y así estará, solitaria, no sé cuánto tiempo más. Hasta que sean tantas que ya no podré controlarlas, mantenerlas cortitas. Dejarme.
Nunca pensé que una ceja pudiera hacerme sentir menos joven.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Horizontal
Si alguien me pregunta cómo es la Patagonia lo primero que viene a mi mente es "horizontal". Nada describe mejor la topografía y la sensación que se tiene aquí que esa palabra.
Tal vez sea por ser de otro lugar, de una ciudad grande como Buenos Aires, que es más bien vertical con sus edificios.
El Sur parece infinito. El mar parece infinito. El paisaje ondulante, lunar, interminable. La escasa vegetación que se camufla con el color tierra. La vista ininterrumbida durante kilómetros. Y el sol. El sol pega diferente acá.
Así, en horizontal, uno se siente diferente. Pequeño en medio de lo inmenso. Aislado entre la desolación. Seco. Árido. Pero con la posibilidad de girar y girar sin ver a nadie a la redonda. Una sensación extraña que produce una mezcla de satisfacción, alivio y tensión. Una libertad anónima, ignota.
Es como si cada uno supiera que tiene sus prácticamente 11 km2 que si mal no recuerdo era la densidad poblacional de la zona en promedio cuando iba al colegio.
¿Se imaginan no tener a nadie pero a nadie en 11 Km a la redonda? Poder gritar sin que te escuchen, hacer sin que te vean. Existir sin que te sepan.
En Buenos Aires hay más gente pero cada uno va más camuflado. El espacio es más vertical. Podemos mirar hacia arriba. Buscamos el espacio así, el aire. Los que queremos horizontalidad vamos al río o a veces a alguna pastura llana. Pero no hay ningún lugar que te ofrezca lo mismo que hay acá. Nadie más que vos en un lugar, sin absolutamente ninguna estructura o rastro de humanidad en kilómetros.
Tal vez sea por ser de otro lugar, de una ciudad grande como Buenos Aires, que es más bien vertical con sus edificios.
El Sur parece infinito. El mar parece infinito. El paisaje ondulante, lunar, interminable. La escasa vegetación que se camufla con el color tierra. La vista ininterrumbida durante kilómetros. Y el sol. El sol pega diferente acá.
Así, en horizontal, uno se siente diferente. Pequeño en medio de lo inmenso. Aislado entre la desolación. Seco. Árido. Pero con la posibilidad de girar y girar sin ver a nadie a la redonda. Una sensación extraña que produce una mezcla de satisfacción, alivio y tensión. Una libertad anónima, ignota.
Es como si cada uno supiera que tiene sus prácticamente 11 km2 que si mal no recuerdo era la densidad poblacional de la zona en promedio cuando iba al colegio.
¿Se imaginan no tener a nadie pero a nadie en 11 Km a la redonda? Poder gritar sin que te escuchen, hacer sin que te vean. Existir sin que te sepan.
En Buenos Aires hay más gente pero cada uno va más camuflado. El espacio es más vertical. Podemos mirar hacia arriba. Buscamos el espacio así, el aire. Los que queremos horizontalidad vamos al río o a veces a alguna pastura llana. Pero no hay ningún lugar que te ofrezca lo mismo que hay acá. Nadie más que vos en un lugar, sin absolutamente ninguna estructura o rastro de humanidad en kilómetros.
martes, 26 de agosto de 2014
Instrucciones para tener un perro
No es tan sencillo como parece tener un perro. Lo primero que debe tener en cuenta es su voluntad. Es decir, recomendable es que antes de llevar a cabo la acción de obtenerlo, exista dicho deseo. No tengo información sobre cómo generarlo si éste no aparece.
Para tal motivo es imprescindible antes que otra cosa saber si usted conoce qué es un perro. Busque en libros, diccionarios y en Google si considera que es necesario hacerlo.
Por lo general estos seres vivos poseen 4 patas y un rabo o cola. Están cubiertos de pelo en casi todo su cuerpo salvo uñas, ojos y nariz. Son fácilmente identificables por su alegría incomprensible y la lengua rosada (casi siempre) que asoma entre sus dientes. Observe que a menudo poseen cuatro piezas dentales muy puntiagudas llamadas, casualmente, caninos.
Una vez aprehendido el concepto de qué es un perro, cerciórese de tener espacio como para que el animal pueda tomar un poco de aire. A diferencia de las plantas, estos seres precisan moverse y lo hacen con frecuencia. Gustan de afilar sus dientes contra objetos de madera como ser patas de silla y tardan un tiempo en comprender qué es lo que hicieron mal. Intente ponerse en su lugar y contemple su casa como un lugar para jugar y mordisquearlo todo y no desde nuestra visión humana donde un daño es con intención de complicar o vengarse.
Adopte, compre, acepte uno como regalo. Es importante este paso pues si no lo completa se enterará más tarde o más temprano, que ha fracasado en su intención de tener uno y se encontrará ofuscado o desorientado.
Una vez que el perro se encuentre con usted no olvide alimentarlo, darle agua y pasearlo a menudo. Son seres fieles que disfrutan de la compañía humana. Aprenden a sentarse, dar la pata, rodar e incluso a buscar cosas. No intente enseñarle a leer, tienen poca concentración y prefieren la televisión o la música.
Asegúrese de que su animal sea un perro. Existen otros similares de cuatro patas y rabo que se denominan gatos.
Para tal motivo es imprescindible antes que otra cosa saber si usted conoce qué es un perro. Busque en libros, diccionarios y en Google si considera que es necesario hacerlo.
Por lo general estos seres vivos poseen 4 patas y un rabo o cola. Están cubiertos de pelo en casi todo su cuerpo salvo uñas, ojos y nariz. Son fácilmente identificables por su alegría incomprensible y la lengua rosada (casi siempre) que asoma entre sus dientes. Observe que a menudo poseen cuatro piezas dentales muy puntiagudas llamadas, casualmente, caninos.
Una vez aprehendido el concepto de qué es un perro, cerciórese de tener espacio como para que el animal pueda tomar un poco de aire. A diferencia de las plantas, estos seres precisan moverse y lo hacen con frecuencia. Gustan de afilar sus dientes contra objetos de madera como ser patas de silla y tardan un tiempo en comprender qué es lo que hicieron mal. Intente ponerse en su lugar y contemple su casa como un lugar para jugar y mordisquearlo todo y no desde nuestra visión humana donde un daño es con intención de complicar o vengarse.
Adopte, compre, acepte uno como regalo. Es importante este paso pues si no lo completa se enterará más tarde o más temprano, que ha fracasado en su intención de tener uno y se encontrará ofuscado o desorientado.
Una vez que el perro se encuentre con usted no olvide alimentarlo, darle agua y pasearlo a menudo. Son seres fieles que disfrutan de la compañía humana. Aprenden a sentarse, dar la pata, rodar e incluso a buscar cosas. No intente enseñarle a leer, tienen poca concentración y prefieren la televisión o la música.
Asegúrese de que su animal sea un perro. Existen otros similares de cuatro patas y rabo que se denominan gatos.
sábado, 7 de junio de 2014
Contrapesos
Casi por casualidad; medio en broma, acuñé el término contrapeso para referirme a las personas que tienen gustos digamos particulares. Digo así en sentido literal porque prácticamente son los únicos que gustan de ciertas opciones de equis cosa.
Me explico un poco. El contrapeso es aquél que, ante la posibilidad de elegir, decide lo menos masivo. No confundir con el que es rebelde o que busca ser original. No, no, nada de eso. El verdader contrapeso es auténtico y fiel a sus principios.
Hay personas que son 100% contrapesos. Ellas eligen los sabores de helado que nadie más quiere. No les importa la moda. Suelen comer helados minoritarios como Quinotos al whiskey o sambayón y mueren por las empanadas que cualquiera de nosotros (la mayoría) aceptaría resignadamente o con cara de "no puede ser, ¡otra vez choclo!".
Estos importantes elementos en el equilibrio social suelen ser tildados y señalados por los demás como raros. No los entendemos. Quienes tenemos gustos más masivos los vemos como bichos raros. No por ser diferentes sino porque se deleitan con cosas que para nosotros serían un castigo.
Hay contrapesos muy necesarios como los de búsqueda de pareja. Imagínense que pasaría si a todos los hombres de un grupo les gustara la misma persona. Suele pasar que a la mayoría pero fíjense, siempre hay uno que quiere a una que nadie más desea.
No siempre los contrapesos son con acciones positivas. Quiero decir, a veces hay actos o elecciones que van por el no y no por el sí. Por ejemplo los contrapesos que no comen chocolate o dulce de leche. Y es real, no les gusta. Y lo más lindo de todo es que yo para ellos soy un contrapeso porque no me gustan las aceitunas, la cerveza y el jamón crudo.
Así es. Todos somos en algún ámbito, contrapeso del resto. Y si creen que no revisen sus gustos y sopésenlos con otros. Verán que no a todos les gusta lo mismo y que ustedes también pueden ser raros.
Me explico un poco. El contrapeso es aquél que, ante la posibilidad de elegir, decide lo menos masivo. No confundir con el que es rebelde o que busca ser original. No, no, nada de eso. El verdader contrapeso es auténtico y fiel a sus principios.
Hay personas que son 100% contrapesos. Ellas eligen los sabores de helado que nadie más quiere. No les importa la moda. Suelen comer helados minoritarios como Quinotos al whiskey o sambayón y mueren por las empanadas que cualquiera de nosotros (la mayoría) aceptaría resignadamente o con cara de "no puede ser, ¡otra vez choclo!".
Estos importantes elementos en el equilibrio social suelen ser tildados y señalados por los demás como raros. No los entendemos. Quienes tenemos gustos más masivos los vemos como bichos raros. No por ser diferentes sino porque se deleitan con cosas que para nosotros serían un castigo.
Hay contrapesos muy necesarios como los de búsqueda de pareja. Imagínense que pasaría si a todos los hombres de un grupo les gustara la misma persona. Suele pasar que a la mayoría pero fíjense, siempre hay uno que quiere a una que nadie más desea.
No siempre los contrapesos son con acciones positivas. Quiero decir, a veces hay actos o elecciones que van por el no y no por el sí. Por ejemplo los contrapesos que no comen chocolate o dulce de leche. Y es real, no les gusta. Y lo más lindo de todo es que yo para ellos soy un contrapeso porque no me gustan las aceitunas, la cerveza y el jamón crudo.
Así es. Todos somos en algún ámbito, contrapeso del resto. Y si creen que no revisen sus gustos y sopésenlos con otros. Verán que no a todos les gusta lo mismo y que ustedes también pueden ser raros.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Locura pasajera
Yo venía de La Plata e iba para Almagro. La ida hacia La Plata había sido larga pero la vuelta por suerte fue rápida. Bajé del micro y entré en la boca del subte de inmediato. Bajé los escalones mientras pensaba algo, no recuerdo qué y me paré en el andén a esperar el subte.
La puerta del vagón me quedó cerca pero había mucha gente y me fui al siguiente. Entré y me saqué la mochila que pesaba lo suficiente como para hacerlo. Atrás mío sonó la chicharra. Una mujer se me paró al lado y me hizo un comentario. Creí que era solo eso, pero no. Enseguida noté que necesitaba algo más. Que la escucharan.
En vez de hacerme el distraído como los otros, le presté atención. Me contó que había tenido un problema con la tarjeta de cartón porque no se la tomaba la máquina. Que quiso ir al baño y no había. Que pidió el libro de quejas y tampoco tenían. Que le cambiaron la tarjeta, que se enojó. Que nos tratan como ganado, que a nadie le importa lo importante porque están ocupados en otra cosa. Y es así.
Me dijo que tenía una pensión por invalidez por algún tema psiquiátrico entonces le daban una tarjeta por 6 meses pero que no duraba el tiempo necesario por ser de cartón. Y eso la brotaba. Cada vez. Y yo me pregunté si eso no es una forma de violencia y discriminación. No sé, si tenés una persona que se angustia y se pone mal por eso, ¿no se puede hacerle una tarjeta más resistente? Ella no quería la SUBE porque dice que así nos controlan. Creía que nos quieren exterminar y reemplazarnos por robots. No sé si está tan equivocada. Me habló de la comida artificial, de las semillas patentadas, de las abejas robots, de la obsesión por el dinero. Del reemplazo de las personas por máquinas. A lo mejor le preocupaba saber si una máquina la iba a poder ayudar cuando su tarjeta deje de funcionar dentro de 3 meses.
¿Y si tiene razón? Peor, tal vez ni siquiera reemplacen a los humanos con máquinas. Creo que algunos ya empezaron a convertirse en robots que solamente hacen lo que está programado, informan lo que hacen, no improvisan, no rompen, no saltean. Comen por hábito y cosas que no hacen ellos mismos ni saben de dónde vienen o qué contienen. ¿Y si nos estamos sistematizando para trabajar más tiempo?
Le comenté que yo también leí sobre las abejas robot. Y antes de bajarme la saludé y me preguntó "¿de verdad leíste sobre eso en alguna parte? Nunca nadie me contestó sobre el tema". -Claro que lo leí- le dije, además de porque era cierto para que no se sintiera una loca que inventa cosas creyendo que así le hacía un bien. Ahora no estoy tan seguro de quién le hizo bien a quién.
La puerta del vagón me quedó cerca pero había mucha gente y me fui al siguiente. Entré y me saqué la mochila que pesaba lo suficiente como para hacerlo. Atrás mío sonó la chicharra. Una mujer se me paró al lado y me hizo un comentario. Creí que era solo eso, pero no. Enseguida noté que necesitaba algo más. Que la escucharan.
En vez de hacerme el distraído como los otros, le presté atención. Me contó que había tenido un problema con la tarjeta de cartón porque no se la tomaba la máquina. Que quiso ir al baño y no había. Que pidió el libro de quejas y tampoco tenían. Que le cambiaron la tarjeta, que se enojó. Que nos tratan como ganado, que a nadie le importa lo importante porque están ocupados en otra cosa. Y es así.
Me dijo que tenía una pensión por invalidez por algún tema psiquiátrico entonces le daban una tarjeta por 6 meses pero que no duraba el tiempo necesario por ser de cartón. Y eso la brotaba. Cada vez. Y yo me pregunté si eso no es una forma de violencia y discriminación. No sé, si tenés una persona que se angustia y se pone mal por eso, ¿no se puede hacerle una tarjeta más resistente? Ella no quería la SUBE porque dice que así nos controlan. Creía que nos quieren exterminar y reemplazarnos por robots. No sé si está tan equivocada. Me habló de la comida artificial, de las semillas patentadas, de las abejas robots, de la obsesión por el dinero. Del reemplazo de las personas por máquinas. A lo mejor le preocupaba saber si una máquina la iba a poder ayudar cuando su tarjeta deje de funcionar dentro de 3 meses.
¿Y si tiene razón? Peor, tal vez ni siquiera reemplacen a los humanos con máquinas. Creo que algunos ya empezaron a convertirse en robots que solamente hacen lo que está programado, informan lo que hacen, no improvisan, no rompen, no saltean. Comen por hábito y cosas que no hacen ellos mismos ni saben de dónde vienen o qué contienen. ¿Y si nos estamos sistematizando para trabajar más tiempo?
Le comenté que yo también leí sobre las abejas robot. Y antes de bajarme la saludé y me preguntó "¿de verdad leíste sobre eso en alguna parte? Nunca nadie me contestó sobre el tema". -Claro que lo leí- le dije, además de porque era cierto para que no se sintiera una loca que inventa cosas creyendo que así le hacía un bien. Ahora no estoy tan seguro de quién le hizo bien a quién.
viernes, 5 de julio de 2013
¿Cómo hacemos?
- Che, ¿cómo hacemos?
- ¿Con qué?
- Y, no sé, con todo.
- ¿Todo?
- Sí, con todo...
- No podemos con todo.
- Bueno, es un decir, todo. Todo lo que tenemos qué hacer, ¿cómo hacemos?
- ¿Cómo hacemos para hacerlo?
- Cómo hacemos para hacerlo y cómo lo hacemos.
- Y mirá, para empezar tenemos que ver bien qué tenemos que hacer. Después vemos cómo hacemos para hacerlo.
- Esto ya parece un trabalenguas.
- La verdad que sí.
- Ja, bueno, ¿entonces? ¿Cómo hacemos?
- Y no sé, empecemos y vemos.
- ¿Así a la marchanta, sin organizarnos?
- ¿Querés un manual de procedimientos?
- (...)
- Bueno, vos por allá y yo por acá. Cuando llegamos al medio vemos.
- Dale.
- Un gusto negociar con vos.
- Andá a cagar.
(Diálogo aplicable a repartir un trabajo del colegio, pintar una casa con alguien o casi cualquier actividad que requiera colaboración).
- ¿Con qué?
- Y, no sé, con todo.
- ¿Todo?
- Sí, con todo...
- No podemos con todo.
- Bueno, es un decir, todo. Todo lo que tenemos qué hacer, ¿cómo hacemos?
- ¿Cómo hacemos para hacerlo?
- Cómo hacemos para hacerlo y cómo lo hacemos.
- Y mirá, para empezar tenemos que ver bien qué tenemos que hacer. Después vemos cómo hacemos para hacerlo.
- Esto ya parece un trabalenguas.
- La verdad que sí.
- Ja, bueno, ¿entonces? ¿Cómo hacemos?
- Y no sé, empecemos y vemos.
- ¿Así a la marchanta, sin organizarnos?
- ¿Querés un manual de procedimientos?
- (...)
- Bueno, vos por allá y yo por acá. Cuando llegamos al medio vemos.
- Dale.
- Un gusto negociar con vos.
- Andá a cagar.
(Diálogo aplicable a repartir un trabajo del colegio, pintar una casa con alguien o casi cualquier actividad que requiera colaboración).
viernes, 24 de mayo de 2013
Las causalidades existen
Salió de su casa 5 minutos más tarde de lo habitual porque tuvo ganas de ir al baño. Se le desató un zapato en la cuadra de su casa y se agachó en la vereda. Mientras, perdió el colectivo que toma siempre. No lo sabe, pero hoy no verá a la mujer que tanto le gusta y ve a diario en su viaje. En ese momento pasaba el canillita que reparte diarios y revoleó un ejemplar como todos los días. Él se incorporó justo un momento antes de que el diario pasara sobre su cabeza y lo golpeó en el ojo. El canillita miró, hizo un ademán de disculpas y no vio que la camioneta había frenado. Se la llevó puesta y voló de su bicicleta. Voló por arriba de la caja de la camioneta y aterrizó en el capot.
El chofer, que había parado y tenía las balizas encendidas, no entendió qué había pasado. Dejó el teléfono y se bajó preocupado. El canillita estaba inconciente. El chofer de la camioneta se agarraba la cabeza y miraba al cielo. Dentro de la camioneta una voz de mujer sollozaba por teléfono. "Si no me vas a contestar entonces no quiero vivir más". Se escuchó un ruido seco. Como un tiro.
En ese momento, un nene se prepara para ir a la escuela. Va con su mamá por las escaleras del edificio y camina las 3 cuadras hasta el colegio. Su maestra no está. Su mamá no tiene con quién dejarlo y decide faltar al trabajo. Llama para avisar. Su jefe no atiende el celular. Deja un mensaje. Vuelven a la casa.
Él llama a una ambulancia. Corta y ve un llamado perdido de su secretaria. Escucha el buzón de mensaje. Putea. Guarda el teléfono. "La voy a despedir".
El chofer reacciona. Está bien, solo golpes. Abre la puerta de la camioneta y ve que sigue en curso la llamada con su ex. Pero ella no le contesta.
En el colegio no saben de la maestra y se preocupan. Muchos chicos juegan en el patio menos uno, que juega en su casa con su mamá que hoy no fue a trabajar.
En la empresa él le comunica a RRHH la decisión y envían el telegrama. Lo recibe ella a la tarde, entre lágrimas.
El chofer de la camioneta sospecha lo peor. Él llegó tarde a la oficina, se ligó un diariazo en el ojo, no vio a la mujer que le gusta, presenció un accidente y se quedó sin secretaria. Un día horrible. Se siente mal. Llama al médico. Lo internan. Es un infarto.
No lo sabe, pero su acción diferente de hoy cambió todo. Si no hubiera ido al baño no hubiera perdido el colectivo. Si no se le hubiera desatado el zapato y no se hubiese agachado, el canillita no se habría accidentado. Y si el chofer de la camioneta no se hubiera bajado y la exmujer no se hubiera matado, el nene hubiera tenido clases y el la hubiera visto al otro día. Y la mamá del nene no hubiera faltado al trabajo y no la habrían echado. Y sin todo eso quizás él no estaría internado.
Y todo por un meo.
El chofer, que había parado y tenía las balizas encendidas, no entendió qué había pasado. Dejó el teléfono y se bajó preocupado. El canillita estaba inconciente. El chofer de la camioneta se agarraba la cabeza y miraba al cielo. Dentro de la camioneta una voz de mujer sollozaba por teléfono. "Si no me vas a contestar entonces no quiero vivir más". Se escuchó un ruido seco. Como un tiro.
En ese momento, un nene se prepara para ir a la escuela. Va con su mamá por las escaleras del edificio y camina las 3 cuadras hasta el colegio. Su maestra no está. Su mamá no tiene con quién dejarlo y decide faltar al trabajo. Llama para avisar. Su jefe no atiende el celular. Deja un mensaje. Vuelven a la casa.
Él llama a una ambulancia. Corta y ve un llamado perdido de su secretaria. Escucha el buzón de mensaje. Putea. Guarda el teléfono. "La voy a despedir".
El chofer reacciona. Está bien, solo golpes. Abre la puerta de la camioneta y ve que sigue en curso la llamada con su ex. Pero ella no le contesta.
En el colegio no saben de la maestra y se preocupan. Muchos chicos juegan en el patio menos uno, que juega en su casa con su mamá que hoy no fue a trabajar.
En la empresa él le comunica a RRHH la decisión y envían el telegrama. Lo recibe ella a la tarde, entre lágrimas.
El chofer de la camioneta sospecha lo peor. Él llegó tarde a la oficina, se ligó un diariazo en el ojo, no vio a la mujer que le gusta, presenció un accidente y se quedó sin secretaria. Un día horrible. Se siente mal. Llama al médico. Lo internan. Es un infarto.
No lo sabe, pero su acción diferente de hoy cambió todo. Si no hubiera ido al baño no hubiera perdido el colectivo. Si no se le hubiera desatado el zapato y no se hubiese agachado, el canillita no se habría accidentado. Y si el chofer de la camioneta no se hubiera bajado y la exmujer no se hubiera matado, el nene hubiera tenido clases y el la hubiera visto al otro día. Y la mamá del nene no hubiera faltado al trabajo y no la habrían echado. Y sin todo eso quizás él no estaría internado.
Y todo por un meo.
lunes, 13 de mayo de 2013
Viento
El viento sopla fuerte y sin pausa. Empuja todo lo que se encuentra. No sé bien para dónde va ni por qué va tan apurado, pero va. Silba también, supongo que saluda. Corre entre los cables y los pocos árboles que le ofrecen algo de resistencia.
Viene desde el Oeste y se mete en el mar. Deben ser amigos desde hace mucho. Yo creo que algo más por cómo lo acaricia. A los árboles los peina para el costado. Están todos parejitos.
El viento acá toma anabólicos, no se anda con chiquitas. Corre los 100 m más rápido que el jamaiquino. Vuelca autos, levanta piedras y hace viajar botellas. Las cajas levitan, las bolsas juegan a ser pájaros y las personas nos hacemos chinas.
Es medio cleptómano el viento de acá. Se lleva cosas. Ropa colgada en la soga, mucha tierra. Barre y limpia pero después de ido te deja todo ahí tirado, como un mal invitado.
Yo todavía no le entiendo el idioma al tipo. No sé bien qué quiere. Pero lo escucho que habla y habla. Y nadie le contesta.
Viene desde el Oeste y se mete en el mar. Deben ser amigos desde hace mucho. Yo creo que algo más por cómo lo acaricia. A los árboles los peina para el costado. Están todos parejitos.
El viento acá toma anabólicos, no se anda con chiquitas. Corre los 100 m más rápido que el jamaiquino. Vuelca autos, levanta piedras y hace viajar botellas. Las cajas levitan, las bolsas juegan a ser pájaros y las personas nos hacemos chinas.
Es medio cleptómano el viento de acá. Se lleva cosas. Ropa colgada en la soga, mucha tierra. Barre y limpia pero después de ido te deja todo ahí tirado, como un mal invitado.
Yo todavía no le entiendo el idioma al tipo. No sé bien qué quiere. Pero lo escucho que habla y habla. Y nadie le contesta.
lunes, 18 de marzo de 2013
Crónicas patagónicas
A dos apenas de haberme alejado de la gran ciudad, tengo algunas observaciones de aquí y de allá para compartir con ustedes, mis estimados lectores. A saber:
- Acá la gente no usa paraguas. Es la primera vez en mi vida que no me miran raro por la calle cuando llueve.
- El pan se pone duro si lo dejás al aire. No, no me sugieran cosas extrañas porque aparte suele hacer frío.
- Las calles, las personas y las avenidas todas tienen un artículo que precede a su nombre. Por lo general es el apellido de un tipo, con lo cual queda una contradicción fonética hermosa. Por ejemplo: "la Rivadavia" o "la Urquiza". La que menos ruido me hizo fue "la Roca" porque bien podría tratarse de una calle de Los Picapiedras.
- Se sale afuera: así es. Acá salís afuera, bajás abajo y subís arriba.
- Hay más camionetas que personas. No entiendo cómo pero así es.
- Hay muchos perros callejeros. Son buena onda.
- Se ve el mar.
- El aire y el cielo son diferentes.
- No vi barrenderos.
- Cuesta comprar palitas de plástico para limpiar.
- La gente se visita espontáneamente: "cuando estés por acá pasá".
- Al mediodía cortan un par de horas y después reabren como a las 4.
- 5 cuadras no es "acá nomás".
- Los del gas te hacen esperar mucho para habilitarte (igual que allá).
- Tenés lugares hermosos a 20 minutos en auto.
- Usás todos los cambios de la bici y si tuviera 60 los usarías también.
- Acá la gente no usa paraguas. Es la primera vez en mi vida que no me miran raro por la calle cuando llueve.
- El pan se pone duro si lo dejás al aire. No, no me sugieran cosas extrañas porque aparte suele hacer frío.
- Las calles, las personas y las avenidas todas tienen un artículo que precede a su nombre. Por lo general es el apellido de un tipo, con lo cual queda una contradicción fonética hermosa. Por ejemplo: "la Rivadavia" o "la Urquiza". La que menos ruido me hizo fue "la Roca" porque bien podría tratarse de una calle de Los Picapiedras.
- Se sale afuera: así es. Acá salís afuera, bajás abajo y subís arriba.
- Hay más camionetas que personas. No entiendo cómo pero así es.
- Hay muchos perros callejeros. Son buena onda.
- Se ve el mar.
- El aire y el cielo son diferentes.
- No vi barrenderos.
- Cuesta comprar palitas de plástico para limpiar.
- La gente se visita espontáneamente: "cuando estés por acá pasá".
- Al mediodía cortan un par de horas y después reabren como a las 4.
- 5 cuadras no es "acá nomás".
- Los del gas te hacen esperar mucho para habilitarte (igual que allá).
- Tenés lugares hermosos a 20 minutos en auto.
- Usás todos los cambios de la bici y si tuviera 60 los usarías también.
martes, 19 de febrero de 2013
Alrededor de cumpleaños
Hay cosas que no entiendo del comportamiento social. Una de ellas gira en torno al ego. ¿Por qué se supone que tengo que avisarle al mundo que es mi cumpleaños? ¿Por qué me saludan y me dicen "feliz cumpleaños" aunque haya pasado ya una semana del día en cuestión? ¿Es mi falta no avisar o es del resto por no saber?
Si no sabe, no hay ofensa, no hay falta incluso. No es como un delito que vos cometés porque no sabés que hay tal ley que prohíbe hacer equis cosa. Si no sabías no sabías. Pero no entiendo la supuesta obligación que tiene el que cumple de llegar y decir "hola a todos, ¡hoy es mi cumpleaños!" (salúdenme).
Me imagino la situación conmigo del otro lado. A ver.
X: Hola, hoy es mi cumpleaños.
Yo: Ah (mirá qué loco). Feliz cumpleaños (?).
X: (alegre) ¡Gracias! ¡Qué bueno que te acordaste! Me pone contento que la gente me quiera tanto.
Y: Pero si vos recién me dijiste que...
X: Sí, sí, relindo cumplir años hoy...
Y: Ah mirá, no sabría decirte.
X: ¿Vos cuándo cumplías? Me acuerdo que era por agosto pero no me acuerdo bien la fecha. Me confundo con el de mi vieja.
Y: Claro. Yo cumplo en febrero.
X: Ah, cierto. Como Adalberto, el pizzero de mi barrio. ¿Y qué día era, 27?
Y: El 30. El 30 de febrero nací yo.
X: Ah, qué bueno*.
Y: Sí, muy copado cumplir en verano, por el calor viste.
X: Sí, creo que Rolo también cumple en febrero.
Y: En octubre cumple él. ¿Te acordás que hizo la fiesta de disfraces Halloween?
X: Cierto, cierto. Es importante para uno que se acuerden de su cumpleaños. Vení, comete una medialuna que traje por mi cumpleaños.
Y: Gracias. Que lo pases muy lindo ¿eh?
X: Sí, gracias. Muchas gracias. Después arreglamos bien para el festejo y te venís.
Y: Dale, dale. Esperame que tengo otra cosa antes y voy.
*Nota del autor: ¿por qué dicen qué bueno? Es un día como cualquier otro, ni siquiera retenés la fecha que te dije.
Si no sabe, no hay ofensa, no hay falta incluso. No es como un delito que vos cometés porque no sabés que hay tal ley que prohíbe hacer equis cosa. Si no sabías no sabías. Pero no entiendo la supuesta obligación que tiene el que cumple de llegar y decir "hola a todos, ¡hoy es mi cumpleaños!" (salúdenme).
Me imagino la situación conmigo del otro lado. A ver.
X: Hola, hoy es mi cumpleaños.
Yo: Ah (mirá qué loco). Feliz cumpleaños (?).
X: (alegre) ¡Gracias! ¡Qué bueno que te acordaste! Me pone contento que la gente me quiera tanto.
Y: Pero si vos recién me dijiste que...
X: Sí, sí, relindo cumplir años hoy...
Y: Ah mirá, no sabría decirte.
X: ¿Vos cuándo cumplías? Me acuerdo que era por agosto pero no me acuerdo bien la fecha. Me confundo con el de mi vieja.
Y: Claro. Yo cumplo en febrero.
X: Ah, cierto. Como Adalberto, el pizzero de mi barrio. ¿Y qué día era, 27?
Y: El 30. El 30 de febrero nací yo.
X: Ah, qué bueno*.
Y: Sí, muy copado cumplir en verano, por el calor viste.
X: Sí, creo que Rolo también cumple en febrero.
Y: En octubre cumple él. ¿Te acordás que hizo la fiesta de disfraces Halloween?
X: Cierto, cierto. Es importante para uno que se acuerden de su cumpleaños. Vení, comete una medialuna que traje por mi cumpleaños.
Y: Gracias. Que lo pases muy lindo ¿eh?
X: Sí, gracias. Muchas gracias. Después arreglamos bien para el festejo y te venís.
Y: Dale, dale. Esperame que tengo otra cosa antes y voy.
*Nota del autor: ¿por qué dicen qué bueno? Es un día como cualquier otro, ni siquiera retenés la fecha que te dije.
miércoles, 2 de enero de 2013
El que sabe todo
Hace un tiempo ya que no me dedico a describir personajes típicos como "Flequillo y botas" así que voy a empezar el año con una de las personalidades más irritantes pero también más comunes que se pueden encontrar alrededor de las sobremesas: el que sabe todo.
No siempre es hombre. Hay mujeres porque para saberlo todo no es cuestión de limitarse por el color de escarpines que te hayan puesto de bebé. Pero piénsenlo bien, rara vez faltan a la sobremesa. En especial para la época que recientemente atravesamos.
El que sabe todo es distinguible primeramente por su postura corporal. Fíjense. Se sienta con los antebrazos apoyados sobre el mantel, las manos una sobre la otra preferentemente con las palmas hacia abajo. Los dedos de una mano sobre el dorso de la otra. Aquí cabe la salvedad de si el susodicho es diestro o antidiestro. La espalda erguida y la cabeza un poco hacia adelante, como si fuera una tortuga.
Los pies, puede que no lo hayan observado, van cruzados uno delante del otro. Como un ancla. Y la mirada ondea arriba, abajo y arriba de nuevo, entre las cejas y los hombros de los demás. Algún que otro gesto nervioso o de ansiedad mientras toma aire para mostrarnos todo lo que sabe; puede que sea un tic. Tocarse la nariz. Acomodarse los anteojos, hacer la mímica del chiflido con el labio inferior sin emitir ruido. Espera así, agazapado. Pacientemente aguarda el momento oportuno y cuando el grupo se ha disuelto y queda una sola víctima en la mesa, ataca.
El que sabe todo es como los depredadores. Espera su oportunidad de atacar cuando hay un desprevenido en soledad. Contra un grupo se sentiría disminuido. Habla. Habla, habla y habla de todo y opina. Él sabe. Él, que sabe todo, puede darte consejos sobre cómo humedecer el pionono para que te salga mejor, cómo desparasitar a tu perro e incluso cuál es la mejor época del año para comprar un potus.
El que sabe todo suele ser culto. Seguramente de chico fue un poco solitario. Apegado con alguno de sus padres. Lector ávido que veía poco el sol. Rara vez elegido mejor compañero. Hay quien dice que es así porque es su forma de vivir. De vivir a través de los demás. Y hay quien cree que es así pero no se da cuenta. Sea como sea, es algo extraño que alguien que sabe tanto no sepa sobre algo tan básico.
Conoce de tecnología, de mitología, de literatura, de física y de química. De música, de cine y de historia. Ha leído y le gusta que todos lo sepamos. Pero, casualmente, lo que todavía no ha aprendido es lo que no está escrito en ningún libro o revista de divulgación científica: cuándo quedarse callado.
No siempre es hombre. Hay mujeres porque para saberlo todo no es cuestión de limitarse por el color de escarpines que te hayan puesto de bebé. Pero piénsenlo bien, rara vez faltan a la sobremesa. En especial para la época que recientemente atravesamos.
El que sabe todo es distinguible primeramente por su postura corporal. Fíjense. Se sienta con los antebrazos apoyados sobre el mantel, las manos una sobre la otra preferentemente con las palmas hacia abajo. Los dedos de una mano sobre el dorso de la otra. Aquí cabe la salvedad de si el susodicho es diestro o antidiestro. La espalda erguida y la cabeza un poco hacia adelante, como si fuera una tortuga.
Los pies, puede que no lo hayan observado, van cruzados uno delante del otro. Como un ancla. Y la mirada ondea arriba, abajo y arriba de nuevo, entre las cejas y los hombros de los demás. Algún que otro gesto nervioso o de ansiedad mientras toma aire para mostrarnos todo lo que sabe; puede que sea un tic. Tocarse la nariz. Acomodarse los anteojos, hacer la mímica del chiflido con el labio inferior sin emitir ruido. Espera así, agazapado. Pacientemente aguarda el momento oportuno y cuando el grupo se ha disuelto y queda una sola víctima en la mesa, ataca.
El que sabe todo es como los depredadores. Espera su oportunidad de atacar cuando hay un desprevenido en soledad. Contra un grupo se sentiría disminuido. Habla. Habla, habla y habla de todo y opina. Él sabe. Él, que sabe todo, puede darte consejos sobre cómo humedecer el pionono para que te salga mejor, cómo desparasitar a tu perro e incluso cuál es la mejor época del año para comprar un potus.
El que sabe todo suele ser culto. Seguramente de chico fue un poco solitario. Apegado con alguno de sus padres. Lector ávido que veía poco el sol. Rara vez elegido mejor compañero. Hay quien dice que es así porque es su forma de vivir. De vivir a través de los demás. Y hay quien cree que es así pero no se da cuenta. Sea como sea, es algo extraño que alguien que sabe tanto no sepa sobre algo tan básico.
Conoce de tecnología, de mitología, de literatura, de física y de química. De música, de cine y de historia. Ha leído y le gusta que todos lo sepamos. Pero, casualmente, lo que todavía no ha aprendido es lo que no está escrito en ningún libro o revista de divulgación científica: cuándo quedarse callado.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Instrucciones para generar una pelea sin razones
A veces puede pasar que usted tenga ganas de pelear. Por el mero placer de ver cómo el otro se enoja poco a poco. Sube su nivel de bronca e indignación hasta el límite y trata de aplacarlo un poco para no pasarse de la raya de los buenos modales. Llévelo hasta ahí, déjelo bajar un poco y luego aplique suavemente la frase detonante que lo hará sobrepasar esa raya grandemente.
Haga una pregunta o comentario simple. Por ejemplo "parece que va a llover". Luego de esto comience a preguntarle a su interlocutor sobre su vida. No lo deje terminar las frases y lance la siguiente pregunta interrumpiéndolo. Esto aviva la sensación de que a usted no le importa lo que diga él o ella. Y tendrá así dos motivos para que se irrite: su falta de educación y su falta de interés en lo que diga.
Procure saltar de tema en tema dándole mayor prioridad a los menos importantes. Cuando vea que el interlocutor se detiene para explayarse sobre uno en particular déjelo continuar y luego acote como si asintiera pero coloque una frase carente de sentido. Por ejemplo, si le comentara que su pareja tiene que hacerse un tratamiento de conducto y está preocupada, puede agregar algo como "claro, esas cosas son tremendas. Además te cobran el IVA dos veces si te descuidás. Los de la aduana son muy garcas".
Observe el gesto. Si la persona se queda en pausa expresiva durante un momento, comenzó a hacer efecto su estrategia. Solo tiene que dar un paso más en su plan. Espere una nueva oportunidad y cuando vea que comienza a disiparse la ira incipiente, mire para el costado y cambie radicalmente de tema, como si no le importara (en realidad no le importa) lo que diga el otro. Es muy efectivo volver a meter el bocadillo del inicio. Así, veamos un ejemplo completo.
I: Y está asustada porque la última vez que le hicieron un tratamiento de conducto le dolió mucho porque
Y: ¿Cuánto cuesta eso?
I: ¿El tratamiento?
Y: Claro.
I: X pesos. El tema es que ella tiene las encías muy sensibles por el tema de...
Y: Es un montón, yo por esa plata me saco la muela y fue.
I: (silencio)
Y: ¿Te interrumpí?
I: Sí.
Y: Bueno. ¿Me decías?
I: Que tiene las encías sensibles por el tema de...
Y: Parece que va a llover...
I: (silencio)
Y: (silencio)
Es importante también que usted se coloque siempre en el lugar del que sabe. O en su defecto que le indique todos los problemas que va a tener. Haga foco siempre en lo negativo. No le dé ánimo. Eso lo hacen los demás.
Si con todo lo anterior su interlocutor no cede a la tentación de enojarse y comenzar a discutir, procure perjurar datos sobre la vida del otro como si no supiera quién es. Cuanto más ridículo sea, mejor. Y si no puede, invente. Por ejemplo: "Tu abuelo falleció el día en que vos te sacaste un 3 en contabilidad. Lo recuerdo porque siempre fuiste un burro en las materias contables" -Pero yo no fui a bachiller, hice industrial- "No discutas, sé perfectamente lo que hiciste".
Así, amigos, pueden seguir los consejos dados para generar una discusión o pelea. Lo importante: váyanse antes de que la cosa pase a mayores.
Haga una pregunta o comentario simple. Por ejemplo "parece que va a llover". Luego de esto comience a preguntarle a su interlocutor sobre su vida. No lo deje terminar las frases y lance la siguiente pregunta interrumpiéndolo. Esto aviva la sensación de que a usted no le importa lo que diga él o ella. Y tendrá así dos motivos para que se irrite: su falta de educación y su falta de interés en lo que diga.
Procure saltar de tema en tema dándole mayor prioridad a los menos importantes. Cuando vea que el interlocutor se detiene para explayarse sobre uno en particular déjelo continuar y luego acote como si asintiera pero coloque una frase carente de sentido. Por ejemplo, si le comentara que su pareja tiene que hacerse un tratamiento de conducto y está preocupada, puede agregar algo como "claro, esas cosas son tremendas. Además te cobran el IVA dos veces si te descuidás. Los de la aduana son muy garcas".
Observe el gesto. Si la persona se queda en pausa expresiva durante un momento, comenzó a hacer efecto su estrategia. Solo tiene que dar un paso más en su plan. Espere una nueva oportunidad y cuando vea que comienza a disiparse la ira incipiente, mire para el costado y cambie radicalmente de tema, como si no le importara (en realidad no le importa) lo que diga el otro. Es muy efectivo volver a meter el bocadillo del inicio. Así, veamos un ejemplo completo.
I: Y está asustada porque la última vez que le hicieron un tratamiento de conducto le dolió mucho porque
Y: ¿Cuánto cuesta eso?
I: ¿El tratamiento?
Y: Claro.
I: X pesos. El tema es que ella tiene las encías muy sensibles por el tema de...
Y: Es un montón, yo por esa plata me saco la muela y fue.
I: (silencio)
Y: ¿Te interrumpí?
I: Sí.
Y: Bueno. ¿Me decías?
I: Que tiene las encías sensibles por el tema de...
Y: Parece que va a llover...
I: (silencio)
Y: (silencio)
Es importante también que usted se coloque siempre en el lugar del que sabe. O en su defecto que le indique todos los problemas que va a tener. Haga foco siempre en lo negativo. No le dé ánimo. Eso lo hacen los demás.
Si con todo lo anterior su interlocutor no cede a la tentación de enojarse y comenzar a discutir, procure perjurar datos sobre la vida del otro como si no supiera quién es. Cuanto más ridículo sea, mejor. Y si no puede, invente. Por ejemplo: "Tu abuelo falleció el día en que vos te sacaste un 3 en contabilidad. Lo recuerdo porque siempre fuiste un burro en las materias contables" -Pero yo no fui a bachiller, hice industrial- "No discutas, sé perfectamente lo que hiciste".
Así, amigos, pueden seguir los consejos dados para generar una discusión o pelea. Lo importante: váyanse antes de que la cosa pase a mayores.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Entendernos
A veces me gustaría que mi perro supiera hablar. No sé, le preguntaría un montón de cosas. Intentaría explicarle que no le va a pasar nada con los petardos, que no le conviene ir a pelearse con el dogo de Burdeos de la vuelta de casa porque pesa 5 veces él. Le preguntaría si me extrañó.
A lo mejor me podría decir que me extrañó. O que no tiene hambre. O que tiene ganas de ir a pasear. Que le dio mejor resultado la pipeta de la otra marca y que le pica todo por los mosquitos asesinos. Y a tal vez empezarían los reproches. ¿Quién sabe?
W: Te fuiste mucho tiempo y me aburrí.
B: Pero te dejé la radio.
W: No me gusta escuchar radio para humanos. Hablan de temas que a mí no me interesan.
B: Ah perdón, el señor está más allá de los humanos.
W: Y sí, gil. ¿O vos te pensás que me preocupa una fragata varada en Ghana?
B: Ok, la próxima vez te dejo la tele.
W: Bueno, pero no me dejes Cartoon Network. Eso es para nenes.
B: Bueno, te dejo Animal Planet.
W: ¿No te parece que ya sé suficiente sobre animales?
B: ¿Qué carajo querés ver entonces?
W: Y no sé, dejame algún canal de cine. Por ahí engancho alguna de James Bond. Algo de acción, ¿entendés?
B: Sí.
W: ¿Sí qué?
B: Sí, perro.
W: Así me gusta.
Después me doy cuenta de que aunque no hable se hace entender con gestos. Me mira para jugar. Me pone la cabeza en la pierna cuando quiere mimos. Empuja el plato para comer y busca su correa en el cajón para ir a pasear. ¿Para qué necesitaría hablar? A su manera, él se hace entender.
A veces pienso que el equivocado soy yo, que trato de que me entienda cuando le hablo en vez de usar gestos como hace él. Es como pedirle a un sordomudo que te hable en vez de aprender el lenguaje de señas.
A lo mejor me podría decir que me extrañó. O que no tiene hambre. O que tiene ganas de ir a pasear. Que le dio mejor resultado la pipeta de la otra marca y que le pica todo por los mosquitos asesinos. Y a tal vez empezarían los reproches. ¿Quién sabe?
W: Te fuiste mucho tiempo y me aburrí.
B: Pero te dejé la radio.
W: No me gusta escuchar radio para humanos. Hablan de temas que a mí no me interesan.
B: Ah perdón, el señor está más allá de los humanos.
W: Y sí, gil. ¿O vos te pensás que me preocupa una fragata varada en Ghana?
B: Ok, la próxima vez te dejo la tele.
W: Bueno, pero no me dejes Cartoon Network. Eso es para nenes.
B: Bueno, te dejo Animal Planet.
W: ¿No te parece que ya sé suficiente sobre animales?
B: ¿Qué carajo querés ver entonces?
W: Y no sé, dejame algún canal de cine. Por ahí engancho alguna de James Bond. Algo de acción, ¿entendés?
B: Sí.
W: ¿Sí qué?
B: Sí, perro.
W: Así me gusta.
Después me doy cuenta de que aunque no hable se hace entender con gestos. Me mira para jugar. Me pone la cabeza en la pierna cuando quiere mimos. Empuja el plato para comer y busca su correa en el cajón para ir a pasear. ¿Para qué necesitaría hablar? A su manera, él se hace entender.
A veces pienso que el equivocado soy yo, que trato de que me entienda cuando le hablo en vez de usar gestos como hace él. Es como pedirle a un sordomudo que te hable en vez de aprender el lenguaje de señas.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Letra chica
Todos tenemos una letra chica. Esas cláusulas que nadie concoe hasta que se encuentra con ellas. La mayoría son innegociables. Y por tanto, determinantes. Son las que pueden separar personas, alejar amistades, empañar felicidades. O hacernos parecer locos o insoportables.
Nadie pide leerla cuando conoce a alguien. No sería una situación muy feliz. Imaginate en un bar con amigos. Toman algo y de repente, a 10 metros, ves a una morocha hermosa que te hace frenar la vista como la bolilla de la ruleta cuando queda fija en un número. La mirás. La mirás sin pestañear. La mirás de arriba a abajo mientras pensás qué decirle. Apurás el Fernet y corrés la silla con la pierna, sin mirarla. Vas. Vas hacia ella que espera en la barra. Parece alta. Pelo lacio. Negro como la noche en el campo. Los ojos almendra clavados en vos. No te apichonás. Ya está.
Llegaste. Apoyás la mano en la barra y la saludás. —Hola—. Muerde el labio inferior, sonríe y te contesta "Hola". —¿Cómo te llamás—. "Euge". —Hola, Euge. Sos muy linda. ¿Qué dice tu letra chica?—. "Bueno, mirá. Tengo conflictos con mi viejo. Nunca estuvo muy presente así que la verdad es que busco a un hombre que un poco ocupe ese rol de padre. De adolescente tuve depresiones serias por eso así que cada tanto se me da por pegarme un par de pastillazos para ver si palmo y dejo de sufrir. Además mi vieja no me cae bien porque se hace la pendeja y una vez me sacó un novio. Bah, se lo curtió. Así que no vas a conocer nunca a mi vieja. Mi viejo se fue. No sé dónde vive. Tengo fobia a las polillas y soy fanática de los tatuajes. Así que me voy a tatuar la muñeca o el hombro. Algo en chino para que nadie lo entienda. Porque yo quiero eso. Que la gente me admire, me siga pero que no me entienda. ¿Y vos?".
—Yo no estoy maduro para encarar una relación porque todavía no resolví el vínculo con mi mamá. Vivo con ella aunque tengo 37 años porque está muy sola porque mi viejo solo se dedica a trabajar y a mantener a su amante. Hace 20 años que sale con la amante. Lo sabemos todos pero lo callamos porque hay cosas que es mejor no enfrentar. Y mi vieja sufre en silencio. Bueno, en realidad aprovecha eso para victimizarse. Es hipocondríaca y cada tanto se hace internar como para darle culpa a mi viejo. Porque yo me enojo con él. Entonces mi mamá en realidad nos manipula a los dos con su salud y con el tema de que se va a quedar sola. Siempre me saboteó las relaciones porque en lo profundo piensa que soy el único hombre que puede ser incondicional para ella. Pero yo estoy medio hinchado las bolas ya así que empecé a a tener algunas pulsiones asesinas hacia ella. Por ejemplo le regalé un día de spa que queda en Fátima, cerca de donde hay unos apicultores. Ella es alérgica mal a las abejas así que por ahí tengo suerte y se muere de alergia. Yo me libero, ella también y nadie va a la cárcel. El tema es la culpa que me daría. Pero bueno, lo voy viendo".
La letra chica se puede ver con un espejo. Está chiquita, muy muy chiquita abajo del nombre. Hagan la prueba: pídanle a alguien que escriba su nombre y pongan el papel frente a un espejo un 29 de febrero a las 23.15 con una vela amarilla como iluminación.
Nadie pide leerla cuando conoce a alguien. No sería una situación muy feliz. Imaginate en un bar con amigos. Toman algo y de repente, a 10 metros, ves a una morocha hermosa que te hace frenar la vista como la bolilla de la ruleta cuando queda fija en un número. La mirás. La mirás sin pestañear. La mirás de arriba a abajo mientras pensás qué decirle. Apurás el Fernet y corrés la silla con la pierna, sin mirarla. Vas. Vas hacia ella que espera en la barra. Parece alta. Pelo lacio. Negro como la noche en el campo. Los ojos almendra clavados en vos. No te apichonás. Ya está.
Llegaste. Apoyás la mano en la barra y la saludás. —Hola—. Muerde el labio inferior, sonríe y te contesta "Hola". —¿Cómo te llamás—. "Euge". —Hola, Euge. Sos muy linda. ¿Qué dice tu letra chica?—. "Bueno, mirá. Tengo conflictos con mi viejo. Nunca estuvo muy presente así que la verdad es que busco a un hombre que un poco ocupe ese rol de padre. De adolescente tuve depresiones serias por eso así que cada tanto se me da por pegarme un par de pastillazos para ver si palmo y dejo de sufrir. Además mi vieja no me cae bien porque se hace la pendeja y una vez me sacó un novio. Bah, se lo curtió. Así que no vas a conocer nunca a mi vieja. Mi viejo se fue. No sé dónde vive. Tengo fobia a las polillas y soy fanática de los tatuajes. Así que me voy a tatuar la muñeca o el hombro. Algo en chino para que nadie lo entienda. Porque yo quiero eso. Que la gente me admire, me siga pero que no me entienda. ¿Y vos?".
—Yo no estoy maduro para encarar una relación porque todavía no resolví el vínculo con mi mamá. Vivo con ella aunque tengo 37 años porque está muy sola porque mi viejo solo se dedica a trabajar y a mantener a su amante. Hace 20 años que sale con la amante. Lo sabemos todos pero lo callamos porque hay cosas que es mejor no enfrentar. Y mi vieja sufre en silencio. Bueno, en realidad aprovecha eso para victimizarse. Es hipocondríaca y cada tanto se hace internar como para darle culpa a mi viejo. Porque yo me enojo con él. Entonces mi mamá en realidad nos manipula a los dos con su salud y con el tema de que se va a quedar sola. Siempre me saboteó las relaciones porque en lo profundo piensa que soy el único hombre que puede ser incondicional para ella. Pero yo estoy medio hinchado las bolas ya así que empecé a a tener algunas pulsiones asesinas hacia ella. Por ejemplo le regalé un día de spa que queda en Fátima, cerca de donde hay unos apicultores. Ella es alérgica mal a las abejas así que por ahí tengo suerte y se muere de alergia. Yo me libero, ella también y nadie va a la cárcel. El tema es la culpa que me daría. Pero bueno, lo voy viendo".
La letra chica se puede ver con un espejo. Está chiquita, muy muy chiquita abajo del nombre. Hagan la prueba: pídanle a alguien que escriba su nombre y pongan el papel frente a un espejo un 29 de febrero a las 23.15 con una vela amarilla como iluminación.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Los pelotudos miran para abajo
Así de contundente. Los pelotudos miran para abajo. Cuando tienen que cruzar la calle. Cuando no saben la lección. Cuando les dice que no una chica. Siempre, los pelotudos miran para abajo.
Desconozco cuál será el origen de tamaño reflejo pero me animo a arriesgar que es para evitar el contacto visual. Obviedad, dirán. Bueno pero piensen por qué. ¿Por qué los pelotudos miran para abajo?
A lo mejor no quieren ser desenmascarados. Aunque hay pelotudos que no son concientes de su pelotudez. En realidad me animo a decir que la mayoría no lo sabe. Y tal vez si chocan con otro por la calle, porque los pelotudos miran para abajo, atribuyan la casualidad al destino. Y se enamoren, como buenos pelotudos –que miran para abajo que son–.
¿Tendrán un fetiche con los pies? ¿Mirarán el celular compulsivamente? ¿Pensarán mientras miran el suelo? Pueden ser algunas, todas o ninguna de estas opciones, pero es un hecho que los pelotudos miran para abajo.
Por eso existe ahí la letra chica. ¿Quién más que un pelotudo pudo haber inventado la letra chica? Los subtítulos. Los precios en las góndolas del supermercado. Por eso escriben el "Pare" o "Mire a ambos lados al cruzar" en el asfalto en los países del primer mundo. Porque está lleno de pelotudos que como ya sabemos, miran para abajo.
viernes, 21 de septiembre de 2012
De diez en diez
Los primeros diez años de tu vida se te van en aprender lo básico: caminar, jugar, bailar, correr, participar. A patinar y a andar en bicicleta. A nadar. A hablar en inglés. Aprendés a ser niño, amigo. Desde los 10 hasta los 20 tenés que perfeccionarte para lograr ser adulto más tarde. Entonces atravesás la adolescencia, previo paso por la pubertad.
Se aprende a enamorarse, a tratar de gustarle a alguien, a estudiar. A mentir y a dibujar. Bah, eso yo todavía no pude aprenderlo. También a hacer trámites, a viajar solo y a manejar. Algunos a fumar, a tomar mate.
De los 20 a los 30 se busca crecer. Aprendés a estar solo más que un par de horas. Después a estar con vos. A cocinar y a planchar. A escuchar. A perdonar. A enamorarse. A pasar de vivir sin tiempo a tener tiempo libre.
De los 30 a los 40 aprendés a conciliar. A convivir. A decir que no. A decir que sí. A decir otro día. A ser vos. A compartir. A ser tíos, padres, maridos y mujeres. A disfrutar del tiempo libre que antes te angustiaba.
Y hasta acá puedo contarles. Por el momento.
Se aprende a enamorarse, a tratar de gustarle a alguien, a estudiar. A mentir y a dibujar. Bah, eso yo todavía no pude aprenderlo. También a hacer trámites, a viajar solo y a manejar. Algunos a fumar, a tomar mate.
De los 20 a los 30 se busca crecer. Aprendés a estar solo más que un par de horas. Después a estar con vos. A cocinar y a planchar. A escuchar. A perdonar. A enamorarse. A pasar de vivir sin tiempo a tener tiempo libre.
De los 30 a los 40 aprendés a conciliar. A convivir. A decir que no. A decir que sí. A decir otro día. A ser vos. A compartir. A ser tíos, padres, maridos y mujeres. A disfrutar del tiempo libre que antes te angustiaba.
Y hasta acá puedo contarles. Por el momento.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Instrucciones para quedar como un boludo
Asegúrese primero estar en un lugar donde haya otras personas. Es demasiado intentar ser un boludo si no hay nadie que pueda notarlo. Si es una reunión, intente participar animadamente de la conversación. Lo que diga es lo de menos. Pero intente que no sean comentarios atinados y aguzados. Esto lo distraerá de su objetivo final. Recuerde que quiere quedar como un boludo.
Haga gestos. Levante las manos cuando hable y de ser posible interrumpa a los demás. Píselos sin remordimientos, recuerde que su fin es el más noble de todos. Si está dispuesto a perfeccionar su performance puede primero detectar a aquél que menos participa e interrumpirlo repetidas veces como si fuera algo personal. Procure utilizar un volumen de voz un poco más fuerte de lo habitual, así agregará una impronta de irritabilidad a su intervención.
Ríase. A carcajada limpia y de cualquier cosa. Si se ríe de sus propios comentarios elevará exponencialmente su grado de boludez. O al menos la percepción del resto. Búrlese de cualquiera que vuelque su vaso y señálelo para ponerlo en ridículo. Juegue a embocar maníes o chizitos en los vasos de otros. No falla.
Haga comentarios para incomodar a alguien. No hay nada más claro para detectar a un boludo que ver cómo intenta molestar a otro con lo que dice. Cuanto más pacífica sea su víctima más rápido será percibido usted como un boludo.
Láncese sobre la comida como si nunca hubiera comido antes. Si el anfitrión preguntase luego de la torta si alguien todavía no ha comido responda fuerte y claro "¿se puede repetir?". Límpiese en el sillón la crema de la torta. Recomiende una de las masas de las que solo hubiera una o dos en su tipo y deglútala sin darle tiempo a otro de probarla.
Jáctese de logros que a nadie le importan y obligue al resto de los presentes a escuchar algo que no le interesaría ni siquiera a su madre. Algún día se lo agradecerán.
Por último, no olvide comentar que el motivo de su partida es el aburrimiento. Pida un tupper con comida para llevarse. No hay que dejar dudas.
Haga gestos. Levante las manos cuando hable y de ser posible interrumpa a los demás. Píselos sin remordimientos, recuerde que su fin es el más noble de todos. Si está dispuesto a perfeccionar su performance puede primero detectar a aquél que menos participa e interrumpirlo repetidas veces como si fuera algo personal. Procure utilizar un volumen de voz un poco más fuerte de lo habitual, así agregará una impronta de irritabilidad a su intervención.
Ríase. A carcajada limpia y de cualquier cosa. Si se ríe de sus propios comentarios elevará exponencialmente su grado de boludez. O al menos la percepción del resto. Búrlese de cualquiera que vuelque su vaso y señálelo para ponerlo en ridículo. Juegue a embocar maníes o chizitos en los vasos de otros. No falla.
Haga comentarios para incomodar a alguien. No hay nada más claro para detectar a un boludo que ver cómo intenta molestar a otro con lo que dice. Cuanto más pacífica sea su víctima más rápido será percibido usted como un boludo.
Láncese sobre la comida como si nunca hubiera comido antes. Si el anfitrión preguntase luego de la torta si alguien todavía no ha comido responda fuerte y claro "¿se puede repetir?". Límpiese en el sillón la crema de la torta. Recomiende una de las masas de las que solo hubiera una o dos en su tipo y deglútala sin darle tiempo a otro de probarla.
Jáctese de logros que a nadie le importan y obligue al resto de los presentes a escuchar algo que no le interesaría ni siquiera a su madre. Algún día se lo agradecerán.
Por último, no olvide comentar que el motivo de su partida es el aburrimiento. Pida un tupper con comida para llevarse. No hay que dejar dudas.
miércoles, 27 de junio de 2012
El loco de la mandarina (gajos del oficio)
Subía siempre en la misma parada que yo. Tomaba siempre el mismo colectivo que yo y a la misma hora. Subía primero, no le gustaba dejar pasar a nadie; ni siquiera a las viejas. Como siempre éramos los mismos ya ni hacíamos fila, total entre amigos de parada de colectivo no nos vamos a pisar la sábana.
Sacaba el boleto y se iba derecho para el fondo, siempre al mismo asiento. Supongo que le gustaba tener los pies levantados por el pasarueda. Iba solo, en los asientos de uno.
Sacaba una bolsita blanca del bolsillo derecho y de ahí extraía el objeto anaranjado de cada día. Usaba su pierna como mesa y con la meticulosidad de un origamista se deshacía de la cáscara de su mandarina. Tan perfeccionada era su técnica que no demoraba más de 30 o 40 segundos en desnudar aquellas frutas que le ponían perfume a mis mañanas.
Todos los días a la misma hora repetía esta rutina. Si el colectivo iba un poco más lleno y alguien estaba en su asiento, se lo hacía saber a los gritos. A veces lo miraban con bronca. Otras, con asombro, pero siempre lograba sentarse en su asiento.
Era alto, calvo y muy pálido. Una especie de gigante frutívoro que solamente quería subir a ese colectivo para comer su mandarina antes de llegar a Ugarte. Guardaba todo en la bolsita y bajaba. No sé si iba a trabajar o solamente hacía el viaje para comer mandarina; nunca le pregunté. Pero si sé que para los de siempre, esos con los que te conocés y te saludás con un cabezazo para adelante en la parada, era "el loco de la mandarina"
Yo podía quedarme dormido hasta Once, donde me bajaba casi una hora y media más tarde para empezar a trabajar en mis primeros textos, pero sabía dónde estaba por el aroma a mandarina que quedaba en el 60. Para cuando me tenía que bajar, ya casi no se sentía.
Sacaba el boleto y se iba derecho para el fondo, siempre al mismo asiento. Supongo que le gustaba tener los pies levantados por el pasarueda. Iba solo, en los asientos de uno.
Sacaba una bolsita blanca del bolsillo derecho y de ahí extraía el objeto anaranjado de cada día. Usaba su pierna como mesa y con la meticulosidad de un origamista se deshacía de la cáscara de su mandarina. Tan perfeccionada era su técnica que no demoraba más de 30 o 40 segundos en desnudar aquellas frutas que le ponían perfume a mis mañanas.
Todos los días a la misma hora repetía esta rutina. Si el colectivo iba un poco más lleno y alguien estaba en su asiento, se lo hacía saber a los gritos. A veces lo miraban con bronca. Otras, con asombro, pero siempre lograba sentarse en su asiento.
Era alto, calvo y muy pálido. Una especie de gigante frutívoro que solamente quería subir a ese colectivo para comer su mandarina antes de llegar a Ugarte. Guardaba todo en la bolsita y bajaba. No sé si iba a trabajar o solamente hacía el viaje para comer mandarina; nunca le pregunté. Pero si sé que para los de siempre, esos con los que te conocés y te saludás con un cabezazo para adelante en la parada, era "el loco de la mandarina"
Yo podía quedarme dormido hasta Once, donde me bajaba casi una hora y media más tarde para empezar a trabajar en mis primeros textos, pero sabía dónde estaba por el aroma a mandarina que quedaba en el 60. Para cuando me tenía que bajar, ya casi no se sentía.
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