Ni idea dónde voy pero seguime

viernes, 8 de diciembre de 2023

Wakko

Este posteo tiene dos partes, me parece mucho llamarlas capítulos, porque Wakko se fue en cuotas. Un poco cada día desde que diagnosticamos el tumor pero hubo dos episodios clave para lo que fue el final de la serie que nos tuvo como protagonistas.



Parte 1

7/11/23

Estoy escribiendo esto en presente, mientras pasa. No se bien por qué pero lo hago. Supongo que espero me ayude a hacerme a la idea de que ya no vas a estar en casa.

Tengo que hacer pausas cada tanto porque las ideas me sacan el aire y me quedo mirando la nada.

Te veo respirar, todavía, con dificultad. Y pienso que va a ser mejor para vos, no para nosotros. Que te voy a extrañar cuando me levante y piense que tengo que sacarte a pasear, cuando espere verte acostado contra la pared debajo del reloj. Y la pared ya no está, y pronto tampoco estarás vos ahí.

No se por qué escribo esto hablándote si no podés leer y yo no puedo leer en voz alta para que lo escuches. No se cómo dejar de llorar. No se tantas cosas.


El día que viniste a casa

Pienso en las aventuras que tuvimos juntos y las quiero escribir para no olvidarme, para que algún día las lea Ani. ¿Se acordará de vos? ¿Querrá tener un perro cuando sea grande?

Voy a dejar un punteo:

- Cuando te comiste la bolsa de alimento y Lu te llevó a la veterinaria de urgencia porque no podías caminar ya que la panza tocaba el piso.

- Cuando te soltaste del pretal y corriste a toda velocidad y tuve que hacerte un tackle francés para que no te agarre el 41.

- Cuando corrimos libres en la playa la primera vez que fuiste.

- Cuando te atacó el labrador y casi termino a las piñas con el dueño que no lo sacaba.

- Cuando nos persiguió la jauría de perros callejeros en Comodoro.

- Cuando entrabas a ver los cobayos y conejos en la veterinaria.

- La vez que atacó el perro negro, lo pateé y después me perseguía cada vez que pasaba.

- Tu travesura persiguiendo vacas en Trevelin. Volviste lleno de bosta y cardos, feliz.

- Los paseos de casi 2 horas.

- La primera vez que viste un caballo y querías pelearte.

- Los encuentros con otros Scottish.

Paseando con Lu

- Tus amigas Jana y Fiaca que te atropellaban persiguiendo el disco.

- Los viajes que pare vos eran divertidos cuando parábamos a cargar nafta porque conocías pastos y olores nuevos.

- La vez que llorabas en un hotel cerca de Bahía Blanca y pensamos que querías hacer pis y saliste corriendo como un rayo a campo traviesa atrás de una perra en celo.

Explorando

Fueron tantas que seguro me olvido alguna. Pero la última fue hace una semana cuando encontraste huesos de asado en el tacho y te diste una panzada. Esa fue la última travesura.


Después del corticoide y de sentir que te me escurrías pasó el tiempo y mejoraste. Volviste a salir solo, paseamos un poquito y comías con ganas. Pollo, pescado, zanahoria, manzana, carne (total ya fue). Seguiste acá. Y al menos podías ver cómo estábamos terminando la parte de adelante, la reja para que puedas tener tu pasto y quedarte mirando adelante. Ahora que te decimos "el jubilado" porque te quedás sentado en la puerta viendo cómo pasa la gente.


6/12/23

Debería existir una palabra que represente la sensación de ¿lo opuesto a la orfandad? ausencia de tu perro. 

Como ese segundo en el que te olvidás que ya no va a venir cuando abras la heladera o apoyes las llaves en algún lado. Y caés, no, ya no está. 

Siempre dije que Wakko era el mejor perro del mundo y lo sostengo. Incluso hoy, en el último día de su vida, tuvo la grandeza de evitarme la horrible situación de tener que decidir terminar con ella.

Lo noté raro durante el día así que llamé a la vete y me recomendó hacer una placa. Fuimos hasta el hospital y ahí esperamos algo más de 1 hora nuestro turno. Hicimos la placa y confirmaron que el tumor ya era tan grande que estaba dificultando la respiración.

Me ofrecieron "tomar la decisión", un eufemismo para terminar con su vida. Como habíamos salido rápido y estaba solo con él, preferí ir por el suero y corticoide para que pase la noche pero sabiendo que al día siguiente seguramente tendría que "tomar la decisión". No quería que fuera ahí, en tal caso, que fuera en casa.

Estaba muy quieto hasta que se despertó y activó, se quiso bajar de la camilla. Pensé que estaba mejor, si se quería ir era porque tenía más fuerza, porque nunca le gustó estar en la camilla. Fue un ratito hasta que se adormeció. Me apoyó la cabeza en el brazo y trató de levantarse una, dos, tres, cuatro veces. Se aflojó. "Ya está, Wakko. Ya está. Andá. Fuiste el mejor perro del mundo". 

Sentía su corazón latiendo despacito contra mi mano. Llamé para que venga el veterinario hasta que caí que se iba. Que no podía cambiar eso. Elegí quedarme con él antes que ir a buscar ayuda porque preferí eso que arriesgarme a que se muriera justo cuando no estuviera. 

No quería que fuera ahí, así, pero estaba conmigo. En mis brazos. 

Como pude, metí la mano en el bolsillo para sacar el celu y avisarle a Lu lo que estaba pasando por si quería que escuchara su voz antes de irse. Le mandó algo. Lo puse en altavoz. Seguían llegando mensajes.

Le dije que era feo y que lo quería mucho, le rasqué la cabeza y eso fue todo. Dejé de sentir su corazón contra mi mano y se quedó completamente laxo. Me quedé con él así unos minutos. No lo quería dejar en la camilla. Hasta que vino el veterinario y le conté. Charlamos un poco. Me contó de su perro, que le pasó algo similar. 

Hice unos trámites y me quedé para despedirme. Le hablé, le dije muchas cosas y lo acaricié como si todavía pudiera sentirlo. Me encantaría creer que hay algo más, que está ahí, que siente, que sabe.

Me despedí y salí. Me lavé las manos y no me podía ir. Volví a hablarle, a hacerle mimos. No podía salir de ahí sin él. Sabiendo que le decía "chau feo" por última vez. O "nos vemos en un rato" o "después te vengo a buscar". Creo que le dije "nos vemos, feo, después te vengo a buscar" y bajé. 

Llegué a casa. Lu pudo ir a despedirse entonces. Y acá estamos, Pasaron menos de dos días y todavía sigo pensando en él. Si abro la heladera va a venir o espero el sonido de las uñas sobre la cerámica. Me parece escuchar el plato que se mueve o el collar cuando se sacude.

Lloro cuando me despierto porque no le tengo que abrir la puerta para que salga al árbol o si me doy cuenta de su ausencia en algo tan cotidiano como ir al baño a la noche teniendo cuidado de no pisarlo porque es negro y no se ve.


Wakko corriendo en la playa

Nunca había estado durante la muerte de alguien, mucho menos de un ser (perrsona en este caso) querido. Y dentro de lo triste, angustiante y desconcertante, podría decir que fue algo lindo. Al menos haber estado con él, juntos. 


Desde que supimos del tumor, supe o quise que fuera así, en mis brazos. No se si a él lo tranquilizaba pero a mí sí. No podría pedirle más. Fue demasiado perro para mí, me hizo una mejor persona, no tengo dudas. Me enseñó de empatía, de amor y fue mi ensayo de paternidad.




Una de las últimas juntos

Wakko

Wakkito

Wakracio

Wakirio

Rubén, Rubencio

Coco

Coquito

Negrito

Walkie talkie

Feo


Te extrañamos tanto, no importa cuando leas esto.



sábado, 12 de diciembre de 2020

Como Tusam

Cuando el los músculos se contraen hasta el espasmo, no hay nada que puedas hacer más que gritar y caerte al piso.


Pensé que este año se iba a terminar sin que escribiera nada más pero mi cuerpo me regaló (otra vez) una experiencia para narrarles.

Estaba sentado en el sillón y me empecé a incorporar para algo, no recuerdo qué, pero era para hacer algo. Lo vi a Wakko sentadito y quise acariciarlo, así que me estiré de manera oblicua y hacia adelante. Sentí la centella que fue por la cadera y por la columna y me dejó un calorcito interesante.

"Zafé", pensé. Y seguí limpiando, ordenando y no se qué otro ando de la casa. Al rato empecé a sentir los latidos en la espalda, el aviso que a esta altura ya se es la precuela de la película de terror.

Creo que apoyé una rodilla antes de caer al piso fulminado por el espasmo. Es un dolor parecido al del calambre, pero no tan puntual. Se ve que algo despertó a mi hernia discal y al parecer no se levanta de buen humor.

Estuve un rato tirado, arqueado como un pejerrey que dejaron en la orilla y dejó de sacudirse porque ya se rindió.
Me arrastré hasta la almohadilla, la enchufé y me quedé ahí.

Después de un rato, no se si fueron 10 minutos o 50, me decidí a bajar porque si iba a dormir en el piso al menos que fuera sobre una colchoneta de mi hija. La escalera fue una experiencia dolorosa. Ya me temblaban los brazos de sostener al cuerpo. Era una especie de foca que recorría la casa.

Llegué abajo y Lu me acercó un calmante. Más que esperar y esperar que no se repita la contracción no hay. Después de un rato ella se fue a dormir y me quedé ahí tirado, mirando el techo y pensando que difícil es hacer algunas cosas cuando no te podés mover. Por ejemplo, ir al baño.

No iba a aguantar 6 o 7 horas así que cuando pude me arrastré hasta el baño. Llegar fue dentro de todo fácil, el tema era la altura hasta el inodoro. Logré subir y hacer pis, pero bajar, ah bajar es otra historia.

Perdí la noción del tiempo que estuve tratando doblar una pierna para bajarme del inodoro. Cada vez que movía algo mal, explotaba el dolor. Fue como jugar al Buscaminas pero sin que sea divertido. Bueno, tampoco el juego lo era.

Dolor. Mucho dolor. Puteadas. Algún grito. Me agoté del dolor y me quedé tirado en el piso del baño ¿1 hora? mientras recuperaba energías para volver a arrastrarme hasta la colchoneta. Juro que no podía apagar la luz. No había manera de incorporarme o separarme del suelo. Otra que el campo magnético de la Tierra...

Pensé mucho durante ese tiempo en lo que naturalizamos algunas cosas. Ir al baño 2 horas antes me habrá llevado 3 minutos y no sufrí nada. Y ahora estaba dolorido, cansado, transpirado y lleno del polvo del arreglo del baño que todavía estaba en piso, haciéndome compañía.

Llegué a la colchoneta y me acomodé como pude. Dormir fue difícil. Cada vez que me movía me despertaba otro "calambre". No podía subir una escalera. No sentirte dueño de tu cuerpo es desesperante. Me asombra la cantidad de movimientos que hacemos que usan algún músculo de la espalda.

Termino el año como decía Tusam, duro duro.




lunes, 10 de agosto de 2020

Buenos vecinos

Logo Batman

Empecé a correr hacia la esquina de Iberá cuando escuché que venía el 41. Con los años de práctica de vivir ahí, ya sabía que si echaba un pique llegaba. Así que en vez de caminar casi una cuadra para el lado de Larralde, corría una y media en el sentido de la calle y subía.

Apenas había cruzado Tamborini cuando sentí un ruido medio seco. Miré rápido para abajo sin dejar de correr y vi una caja o algo así. Pensé que pisarla había sido la causa del ruido. Un hombre que esperaba que alguien le abriera la me miró raro. Habrá pensado "hay que tener ganas de correr el bondi a las 7 de la mañana" pero él no sabía que yo tenía el turno hacía dos meses, que había pocos y que no quería llegar tarde al laburo nuevo.

Así que seguí corriendo. El colectivero se apiadó de mis casi 40 años y frenó. Al subir le dije hasta dónde iba y me dijo que no me dejaba ahí, que mejor tomara el 41. Estaba a punto de decirle que él manejaba un 41 cuando me percaté de que era un 93. Había corrido para nada...

Bajé y me sentí un poco más tonto que antes. Me palpé el bolsillo como reflejo y noté que mi teléfono no estaba. ¿Lo habré dejado en casa? Volví a correr en el sentido inverso para fijarme si estaba sobre la mesa.

Lu me preguntó qué me había olvidado y le conté lo más rápido posible para no perder el 41 porque todos sabemos que cuando nos vamos 2 minutos de la parada el colectivo que tardaba viene.

No estaba en casa. Volví sobre mis pasos mirando el suelo por si se me había caído y lo vi. El hombre que antes esperaba que le abrieran la puerta seguía esperando. Yo fui y vine unas 3 veces registrando todo lo que había con mi vista, pero ni rastros de mi celular. Recapitulé y había salido de casa con él pero las bermudas con bolsillos cortos no habían sido lo mejor para correr. Se me debe haber caído. 

Iluminación.

Até cabos. El ruido no había sido la caja sino mi teléfono. Le pregunté al hombre si había visto si al pasar se me cayó algo pero me dijo que no. Le describí la funda: "es negra con el logo de Batman en amarillo". No lo vio.

Volví a casa pensando si cancelar el turno o ir igual y dar el celular por perdido. Ahí recordé la función que tiene para encontrarlo. Lo busqué desde el de Lu y lo vi donde lo había buscado. Salí a buscarlo.

El tipo que estaba enfrente mirando los árboles cuando pasé por última vez ya no estaba. La pantalla me indicaba que mi teléfono y su funda de Batman estaban en el punto exacto donde lo había visto a él. No entendía dónde estaba. Nada en la calle. Miré la casa y me decidí. Empecé a hacerlo sonar. Escuchaba a lo lejos el "tin tin tin". Estaba en la casa.

Toqué timbre y nada. Debo haber tocado unas 67 veces hasta que una voz me respondió sin levantar la persiana. Le expliqué la situación y me dijo que no podía ser. Lo hice sonar para que escuchara y la señora me dijo que en su terraza no había nada.

Como vi muchas películas de detectives le retruqué "yo no dije nada de terrazas" como si confirmara mis sospechas al haber pisado el palito. Volvió y me dijo que no había nada. Le pregunté si podía pasar yo a mirar. Que vivía a 30 metros. "Somos vecinos, le puedo mostrar mi documento si desconfía".

Me dijo que de ninguna manera. Decidí entonces llamar a la policía. Se lo advertí. Llamé.

Habrán pasado 10 o 15 minutos cuando apareció una policía. Luego otro y les expliqué la situación. Golpeamos, tocamos timbre y nada. Por supuesto les mostré en el mapa dónde estaba mi teléfono y lo hice sonar varias veces. Seguía encendido.

Después de mucho insistir y al ver que era la policía de verdad, la señora abrió la puerta de la casa con mi teléfono sonando. Era tal cual se lo había descripto por supuesto. La mujer estaba en camisón y tendría unos 80 años. Cuando la vi me di cuenta de que el tipo que había visto y al que le pregunté por mi celular era su hijo. Eran dos gotas de agua. La policía empezó a hablarle de la denuncia y la señora se asustó. Yo le conté lo sucedido con quien para mí era su hijo y me dijo que no estaba, que se había ido a trabajar. Que ella no sabía cómo había llegado el teléfono adentro de su casa. 

Los policía trataron de apaciguar diciendo que quizás lo guardó para devolverlo pero yo les recordé que le había preguntado y negó haberlo visto. Al final les pedí disculpas por haberlos hecho venir por tamaña idiotez, como para que mi vecina sintiera vergüenza del hijo amigo de lo ajeno.

Me tomaron algunos datos y cuando ya se iban llegó un patrullero. Otra vez explicarles todo. Se rieron. No podían creer que entre vecinos pasaran esas cosas.

Un par de veces lo volví a ver al tipo. Vive enfrente al chino donde iba seguido. Cada vez que lo veía le clavaba los ojos y el tipo miraba para otro lado. A veces me daba bronca, a veces lástima. Tuve ganas de ir a encararlo pero ¿para qué? ¿Por qué obligarlo a reconocer que hizo algo que evidentemente lo avergonzaba?  

La bronca se convirtió en anécdota y quería compartirla con mis lectores.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Polo

No sé bien si eligió vivir en la ciudad del viento o ella lo eligió a él. 
Podría parecer una casualidad, pero habiéndolo conocido un poco yo creo que no fue así.
Donde hay viento, hay aire. Hay ráfagas, brisas, remolinos y soplidos. Es un hábitat ideal para remontar barriletes. Para ir largando la piola y que tomen altura las ideas. 
Cuando el viento sopla mucho hay que refugiarse adentro. Replegarse. 
Y él era un experto en plegado.
Recordaré los trekkings intelectuales a mente traviesa que compartimos. 
Hasta siempre, Polo. Hay hilos que no se cortan nunca.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Miedo

Existe el miedo al éxito. Al anonimato y a la fama. 
Miedo a la exposición; a la timidez.
Miedo al futuro. Miedo al presente.

Miedo a la muerte de los seres queridos, de las mascotas.
Miedo a perder lo que tengo. Miedo a no tener lo que quiero. Miedo a no querer lo que tengo y a perder lo que quiero.

Miedo a tener hijos y que te cambie la vida. Miedo a no poder tenerlos. Miedo a perderlos antes de que nazcan. Miedo a dejarla sola. A no verla crecer. 
Nunca tuve miedo de no conocerla hasta que estuvo.

Estoy un poco cansado de vivir con miedo, pero al menos no tengo miedo de tenerlo.



martes, 18 de octubre de 2016

Fuimos a Japón

Fuimos a Japón y quiero escribir algunas cosas sueltas sobre anécdotas o cositas raras que vimos.
- Te podés hacer entender por gestos. No todos son iguales pero si se puede comprar un remedio para aftas, todo se puede.
- El helado de té verde es horrible.
- El chocolate con té verde es horrible.
- El agua saborizada con té verde es horrible.
- El té verde, misteriosamente, no es horrible.
- Existen los sánguches de miga.
- Hay sandías cuadradas.
- El boleto de bondi lo pagás al bajar.
- Pasás la SUBE dos veces en el subte. Al entrar y al salir. Depende de la distancia viajada te cobra. Y si no tenés saldo hay máquinas para recargar.
- Podés usar la SUBE ponja en expendedoras y algunos mercaditos.
- Dicen gracias y por favor todo el tiempo. TODO EL TIEMPO.
- Manejan del otro lado.
- Circulan del otro lado.
- No hablan por celular en el transporte público o lo hacen en voz tan baja que es inaudible.
- No tiran papeles en la calle. De hecho casi no hay cestos.
- Reciclan mucho.
- Son amables, limpios, simpáticos y atentos.
- Siempre hacen todo pensando en los demás antes que en ellos mismos.
- Andan mucho en bici.
- Los autos frenan para que cruces la calle y te esperan sin tocarte bocina.
- Casi no tocan bocina.
- Te dan cucharita o palitos cuando comprás comida incluso en los convini (una especie de mercadito que hay por todos lados).
- Pocos hablan y muy poco inglés.
- Pasean perros en carritos de bebé.
- No tocan nada que no sea suyo. Doy fe, me olvidé mi cámara de fotos en un lugar, volví a la hora y estaba en el mismo sitio donde quedó.
- Se ríen mucho.
- No puedo confirmar o desmentir que tiren arroz a los recién casados.
- No vi arroz integral.
- Toman mucha sopa.
- Hay mucha humedad.
- Todos tienen paraguas.
- Todos tienen muñecos o similares en bolsos, celulares, mochilas, etc.
- Hay algunos, muy pocos, con rulos.
- No son todos iguales.
- En los parques te encontrás animales y nadie los molesta: ciervos, peces, tortugas.
- Son reservados pero a los baños públicos entran desnudos.
- Hacen fila para todo y respetan la línea desde la cual formarse.
- Les cuesta mucho la "ele" y la pronuncian como una "ere" suave ejemplo: luna es "runa".
- Comen mucho dulce de porotos.
- Hay silencio.
- Muchos te acompañan hasta el lugar donde quieras ir cuando preguntás por una dirección.
- Pocos saben dónde queda una dirección, miran el celular y te guían.
- Aceptan lo que les regales sin decir antes "no".
- Si vas a comer, te dan agua gratis.
- No se deja propina.
- Todo tiene instrucciones.
- 90% de la gente que anda en bicicleta no sube el asiento.
- Las mujeres usan los zapatos grandes. 2 o 3 números.
- Hay muchísimas minas chuecas.
- Los chicos van al colegio sábados y domingos para extracurriculares.
- Los dulces no son ricos.
- Te quedás con ganas de volver.

lunes, 29 de agosto de 2016

18 remeras

Llegué a casa empapado por la lluvia. La ropa pegada me molestaba. Tenía frío. Me quería bañar. No quería esperar así que abrí la ducha y mientras el agua se calentaba empecé a desvestirme. Me saqué la remera, me saqué el pantalón. Me saqué la remera y entré en la ducha con medias y remera. ¿No me la había sacado?

Me saqué la remera y tenía puesta otra. ¿Qué hice hoy que me puse 3 remeras y no me di cuenta? Me la saqué pero sentía otra. También me la saqué. Otra. Y otra. Otra más.

El agua corría y el vapor no me dejaba ver. Sentía las remeras contra mí. Cada vez que me sacaba una dejaba de respirar. La ducha las mojaba y se me pegaban en la cara. Entre el vapor, el agua y el algodón estaba empezando a desesperarme. Me parece que giré y enganché la cortina de baño. O me enrosqué con una de las remeras. El caso es que me patiné y caí para afuera de la bañera. La espalda en el piso. Las piernas dentro. El barral encima. El agua caliente me caía en los pies. La cintura me latía. Y yo estaba tirado sobre el piso frío con una remera roja pegada en la cara que me tapaba la nariz. No podía respirar. Me costaba pasar la cabeza por el cuello redondo mojado. El algodón pesado no me quería soltar. Quise ponérmela para tomar aire pero me dolían los brazos. Tal vez me los había roto en la caída.

Estaba agotado. Vencido por el agua, el vapor y las remeras. Ya no tenía fuerzas para pelear. Con los últimos segundos de oxígeno quise saber cuántas fueron y las conté. 18 remeras me había sacado cuando me ahogué.

miércoles, 10 de agosto de 2016

El árbol

Era un árbol que pasaba desapercibido, ni muy tupido ni muy pelado. Algunas ramas tenían una que otra flor, como para no desentonar con los demás, pero no se destacaba por ser el más pintoresco de la plaza.

Debido a los pinchos que su corteza esgrimía como amenaza, pocos eran los que se acercaban a él para usarlo como sillón de lectura al solcito de mayo o como poste en los picados de fútbol que se improvisaban los sábados a la siesta.

La elección no era casual. Tenía poca gente interesada en él. Por eso se había transformado en mi portallaves cada vez que iba a correr.

La rutina era siempre la misma: llegaba, colgaba de la segunda rama con un pequeño salto y me ponía a elongar. Daba mis 5 vueltas a la plaza como cualquier caballo de sulky y después de estirar los músculos ya calientes saltaba para agarrarlas. Ya con las llaves en mis manos volvía a casa caminando.

Debo haber hecho esto unas 452 veces antes de la tragedia del martes fatídico. El cálculo es fácil. Corría 2 veces por semana y viví en ese lugar durante 5 años. Alguna que otra vez pensé qué haría si podaban el árbol de las llaves pero nunca pasó. Eso.

La última vez que lo usé recuerdo que estaba cansado. Me costó la última vuelta y como tenía ganas de volver y bañarme porque hacía un poco de frío, decidí hacerme trampa y cortar la plaza en diagonal. Cuando llegué al árbol salté y manoteé las llaves sin mirarlas, como hacía a veces. Y nada. Levanté la vista y vi lo peor que podría haber ahí. Nada.

Mis llaves no estaban donde las había dejado. Busqué en el pasto pero tampoco estaban. Al principio creí que tal vez las había llevado conmigo mientras corría pero al no tener bolsillos en el short era poco probable. Por las dudas di unas cuantas vueltas más a la plaza para ver si las encontraba.
Mientras lo hacía me cruzaba con runners. Todos sospechosos de haber agarrado mis llaves. A lo mejor me habían seguido, sabía dónde vivía y mientras yo buscaba mis llaves su cómplice estaba vaciando mi casa. Me aterré. Corrí las 8 cuadras hasta mi casa desesperado y esperando encontrar lo peor. No tuve que llegar. Empezó a llover antes.

No tenía mi celular encima ni la billetera porque me gusta salir a correr liviano. Analicé las opciones. Podría correr unos kilómetros hasta lo de algún amigo y buscar una copia. O podría pedirle a mi vecino que me dejara entrar por el patio y... “no, hoy no levanté la persiana del patio.”

Desahuciado decidí caminar hasta lo de mi amigo y atravesé la plaza de nuevo. Encorvado, mojado por la transpiración y la lluvia. Golpeado por el cansancio y la humillación de la propia estupidez reconocida hasta que una voz me sacó de mi juicio “EY. EY. FLACO”.

Me di vuelta esperando una buena noticia. Una hermosa chica que hubiera encontrado mis llaves y me las diera. Que nos miráramos embelesados durante 30 segundos. Que nuestras manos se conocieran sin querer en ese pase de llaves. ¿Quién sabe? Podría abrirse una puerta a una hermosa historia.

“Flaco. Tené lo cordone desatado, te va caé” me dijo un gordo que paseaba a un pekinés horrendo.

miércoles, 29 de abril de 2015

Canciones infantiles

El otro día, en una cena con amigos, surgió el tema de los contenidos de las canciones infantiles. Empezamos medio en broma y a medida que recordábamos lo que decían nos fuimos poniendo más serios. Son tristes. Son duras. Angustiantes. Y las cantábamos con alegría.

La Farolera tropezó
Y en la calle se cayó
 Y al pasar por un cuartel
Se enamoró de un coronel 
Alcen la barrera 
Para que pase la farolera 
De la puerta al sol * 
Subo la escalera y enciendo el farol... 

A la medianoche 
Me puse a contar 
Y todas las cuentas 
Me salieron mal 

Dos y dos son cuatro 
Cuatro y dos son seis 
Seis y dos son ocho 
Y ocho dieciséis 

Y ocho veinticuatro 
Y ocho treinta y dos 
Ay niña bendita 
Me arrodillo en vos 


* Me pregunto si el sol sería el coronel o que se quedó a pasar la noche en el cuartel.


Después recordamos la de Catalina, una mujer que, bueno, lean la letra y díganme si no es algo tremendamente angustiante. Supongo estaba ambientada durante la guerra civil española.

Estaba la Catalina
Sentada bajo un laurel
Mirando la frescura
De las aguas al caer 

De pronto paso un soldado 
Y lo hizo detener 
"Deténgase usted soldado 
Que una pregunta le quiero hacer" 

"¿Usted ha visto a mi marido 
En la guerra alguna vez?" 
"Yo no he visto a su marido 
Ni tampoco se quién es" 


"Mi marido es alto y rubio 
Y buenmozo como usted 
Y en la punta de su espada 
Lleva escrito San Andrés" 

Por los datos que me ha dado 
Su marido muerto es 
Y me ha dejado dicho 
Que me case con usted. 

Eso sí que no lo hago 
Eso sí que no lo haré 
He esperado siete años 
Y otros siete esperaré 

Si a los catorce años no viene 
A un convento yo me iré 
Y a mis dos hijas mujeres 
Conmigo las llevaré 
Y a mis dos hijos varones 
a la patria entregaré 

Calla, calla, Catalina 
Calla, calla de una vez 
Estás hablando con tu marido 
Que no supiste reconocer... 



Así termina esta historia 
de una infeliz mujer 
que estaba hablando con su marido 
y que no podía reconocer... 

Siete años sin ver al marido. ¡Y la mujer se iba a ir a un convento y a dejarle sus hijos a la patria! ¿Quién haría hoy un sacrificio en vida semejante?

Y por último, Mambrú. ¿No la recuerdan con alegría? Bueno, repasen lo que dice.

Mambrú se fue a la guerra,
mire usted, mire usted qué pena
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá, 

Do-re-mi, 
do-re-fa. 
No sé cuándo vendrá. 
Si vendrá por la Pascua, 
mire usted, mire usted, qué gracia. 

Si vendrá por la Pascua 
o por la Trinidad. 
Do-re-mi, 
do-re-fa. 
O por la Trinidad, 

La Trinidad se pasa, 
mire usted, mire usted, qué guasa. 
La Trinidad se pasa. 
Mambrú no viene ya. 
Do-re-mi, 
do-re-fa. 
Mambrú no viene ya. 

¿Se las acordaban así?

martes, 21 de abril de 2015

Benítez

Había puesto el despertador a las 6:32 como todos los días. Le gustaba ese margen de 28 minutos para remolonear un poco antes de pisar las baldosas frías de mayo. Había dejado lista la ropa para ganar tiempo, como siempre, y el mate ya preparado para ser cebado.

Salió de la cama y se frotó los ojos con el dorso de las manos. Se tocó la cara para saber si debía afeitarse; caminó hasta el baño. Se lavó los dientes y fue a la cocina a poner la pava para el mate. Se vistió. Mientras abotonaba la camisa a rayas, la que usaba todos los miércoles, escuchó que venía el silbido tan temido y corrió. Apagó el fuego. Terminó de cerrar la camisa.

Se sentó en su mesita marrón desde donde ve la calle. El barrio empezaba a amanecer. Pensó en lo que tenía que hacer. Repasó el itinerario del día. Mordió una tostada con manteca.

Salió a la calle y saludó al vecino con un ademán. Alguien lo llamó por su nombre y él hizo lo mismo. Se paró en la esquina a esperar el 741 que venía asomando a lo lejos. Le hizo la seña al chofer y subió. Pidió el boleto y el colectivero le respondió algo que no supo entender. Volvió a indicarle el valor y el chofer otra vez respondió algo que no entendía. Insistió. Otra vez. Y de nuevo. No entendía. Tampoco le entendían a él. Ofuscado le mostró las monedas y pudo sacar su boleto. Viajó extrañado por el tipo raro que no lo entendía.

Llegó al trabajo pasadas las 8 y saludó. Alguien contestó algo que le resultó raro. Él preguntó por qué le hablaban así. Todos se miraban y le hacían gestos mientras balbuceaban sonidos que en su vida había escuchado. ¿Qué les pasaba a todos que hacían eso? ¿Sería una broma de la oficina? Le trajeron un café y lo llevaron a la sala de enfermería de la fábrica.

Después de un rato con gente que se enojaba, se reía, llamaba, apareció una mujer de vestido marrón y zapatos blancos que le preguntó si estaba bien. Era una mujer con aspecto de extranjera. Alta, delgada. Fría. Su cuello largo estaba rodeado por un pañuelo que hacía juego con los zapatos. Tan blanco como una nube de primavera.

—Perfectamente— contestó él.
—¿Y por qué no responde a lo que le preguntan sus compañeros?— le dijo ella con una mezcla de dulzura y curiosidad.
—Es que me parece que me hablan en otro idioma— respondió Benítez despacio, como si quisiera demostrar una calma que ya no tenía.

La mujer se dio vuelta y le habló al grupo de personas que trabajaban con él. Todos se miraron. Se rascaban la cabeza. Se alejaron. Había un rumor. Empezó a llegar la prensa.

—¿Qué pasa?— le preguntó Benítez a la mujer de vestido marrón. —¿Por qué no me entienden? ¿Me están haciendo una broma para la televisión? ¿Me hablan en otro idioma?—

Ella lo miró y le habló: es usted el que habla en otro idioma, Benítez. Hace media hora que conversamos en perfecto ruso.

martes, 7 de abril de 2015

Extraño

Yo llegué y ya estaba ahí. Me quedé quieto. Quité la vista y la puse de nuevo ahí. Sí, lo veía. Me moví para un lado. Caminé hacia el otro. No sé qué buscamos cuando hacemos semicírculos alrededor de lo que observamos. Pero lo hacemos.

Empezó a acercarse otra gente. Miraban, se quedaban quietos. Me miraban a mí. Alguno me preguntó si había visto cómo había llegado ahí. De dónde venía. "Seguro que lo dejaron anoche después del desfile" comentó la señora del pañuelo verde que siempre me cruzo en la feria. Tendemos a hacer suposiciones cuando no podemos explicar algo. Pero ahí estaba. Como si no diéramos crédito de que pudiera ser cierto a pesar de tenerlo frente a nosotros.

Creo que se despertó. Menos mal. Por un momento me pareció que no respiraba y no me quiero imaginar el quilombo que se armaba. Hubiera sido un circo. Tanta gente, tantos curiosos y tan pocos con ganas y disposición como para hacer algo y bajarlo.

Levantó la cabeza y se estiró. Bostezó con un sonido agudo como si quisiera despabilarse de golpe y se sacudió como hacen los perros. Una rama crujió. "Se va a la mierda" pensé. La rama volvió a crujir y cedió. Lejos de caerse, con una agilidad heredada no sé de dónde, dio un pequeño salto y cambió de rama. Se sentó y mostró los dientes mientras se pasaba la lengua por la perfecta dentadura. Alguien llegó con agua en un balde plástico para tentarlo. Pero no.

Perdí la noción del tiempo ahí. Algunos se iban y volvían al rato. Yo me quedé, total no tenía nada que hacer mientras esperaba mi turno en el correo. Ahí estaba yo, en el medio de una plaza, al solcito de la mañana de invierno. Sintiendo el aroma de los primeros jazmines que empiezan a regalarnos su perfume. Acompañado de los grillos que cantan de día, como llamando al calor que saben que todavía no viene. Con uno o dos curiosos que no tenían nada mejor que hacer que preguntarse cómo carajo llegó un koala hasta la copa de aquél ombú.

lunes, 26 de enero de 2015

Hay que tener códigos

"No tenés códigos" puede ser una de las peores cosas que se le pueden decir a alguien si dicho alguien desea pertenecer al colectivo barrial. Hace poco en una sobremesa después de un asado me surgió una pregunta muy sencilla que formulé para conocer opiniones y reacciones de la audiencia femenina y su resultado fue mucho muy sorprendente. He aquí la misma.

"¿Qué es peor para una mujer, que le tiroteen al novio o que le vayan de blanco a su casamiento?".

Sorpresivamente para mí, el 100% de las presentes (era un universo pequeño dicha sea la verdad) respondió "ir de blanco al casamiento". Hice una pequeña encuesta en Twitter y el resultado fue contundente. Puedo esbozar, sin temor a equivocarme que para una mujer una de las peores cosas que puede hacerle otra es ir a su casamiento de blanco.

En las respuestas apareció con frecuencia la siguiente frase "es que si va de blanco no tiene códigos". Y me pregunto ¿qué son los códigos?

Tener códigos es compartir y respetar cierto conjunto de máximas incuestionables que se relacionan con la pertenencia a cierto colectivo. Su incumplimiento o ausencia (no tenerlos) se sanciona con la exclusión del colectivo. Ejemplo:

Juan y Andrea eran novios. Pepe es amigo de Juan. Juan ya tiene otra novia hace tiempo. Si Andrea se pone a salir o pasa algo con Juan, es una trola y Juan "no tiene códigos".

En el caso del vestido blanco me llevó a preguntarme si lo que irrita e indigna a las mujeres es la quita del protagonismo o exclusividad del evento. Por ejemplo, ningún hombre —creo— se ofuscaría si otro va vestido igual a su casamiento.

¿Por qué las mujeres lo consideran una falta tan grave a sus códigos de género? ¿Será que la competencia por un hombre es algo aceptable, posible y natural pero la competencia por el blanco es inaceptable por ser cultural y humana?

¿Habrá alguna relación entre los hábitos culturales y la inflexibilidad de códigos?

¿Por qué son tan sagrados los códigos y no están escritos en ninguna parte? A veces pareciera que es peor romper un código que una ley.

Hay códigos de barrio, de barra, de mujer, de fútbol, de amistad, etc. Traicionar los códigos se paga con la deshonra. O sea, hay personas que pueden romper amistades porque otro hizo algo que no se hace como por ejemplo comerle la novia (como si la ex no tuviera parte, responsabilidad y decisión en dicho asunto) pero que puede pasar por alto delitos y continuar su amistad sin problemas. O bien aceptar y minimizar falta de códigos con códigos ajenos.

Ejemplo 2: Juan y Pepe son amigos. Pepe sabe que Juan le mete los cuernos a su novia actual.
Si Pepe le cuanta a la novia de Juan que es cornuda, no tiene códigos.
Si Pepe no lo cubre a Juan con su novia mintiendo para ocultar las pirateadas, no tiene códigos.
Y lo más probable es que Pepe acate estos códigos. Igual que Juan. Pero que nunca se plantee cuestionar su amistad con él aunque falte a un código de pareja (porque él es amigo y no pareja, así que no importa).

No tengo conclusiones, solo preguntas. Escucho ofertas.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La ceja

Yo me siento joven. Es más, todavía lo soy. No sé a partir de qué edad se es viejo o se deja de ser joven. O si hay algo intermedio entre ser joven y dejar de serlo. El asunto es que yo me siento joven.

Tengo ganas de divertirme, me gusta jugar y cada tanto hasta me siento un niño. Es mi cuerpo el que me parece que cambia. Cada tanto me da alguna señal como para que me vaya haciendo a la idea de que el tiempo pasa.

Un dolor de espalda, una que otra canita, contracturas... Pero hay algo, una cosa, que es absoluta e imperturbable. Es tan insignificante que no sé cómo se convierte en la señal más fuerte e innegable de que ya no soy tan joven.

Cada tanto requiere de una tijera. Se trata, no lo voy a ocultar, de una ceja. Ella crece y sobresale erguida, orgullosa sobre mi frente. Mostrándole al mundo que hay una vejez incipiente en mí. Ofreciéndome, de manera aterradora, una vista previa de lo que será mi vejez cuando en vez de negra como la noche sea blanca como la luna y cuando no sea la excepción a mis cejas cortas sino una más entrelazada en una maraña de vellos añosos. Y así estará, solitaria, no sé cuánto tiempo más. Hasta que sean tantas que ya no podré controlarlas, mantenerlas cortitas. Dejarme.

Nunca pensé que una ceja pudiera hacerme sentir menos joven.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Quijotes

Nuestra tierra está llena de quijotes. Todos tenemos alguna o varias causas por las que luchamos. No tendremos Sanchos, Rosinantes y Dulcineas pero sí molinos.

Estoy seguro de que si hacés el esfuerzo de pensar un rato en aquello que te hace hervir la sangre y repasás tus fuentes vas a encontrarte con que algunas, muchas o pocas de las cosas que pensás no son tan así.

Generalizar es útil para la lógica simplista que nos permite resolver todo mágicamente desde la palabra. Cuestionarse lo que uno mismo cree, piensa o conoce es mucho trabajo. Es agotador. No hacerlo es más fácil y más cómodo.

A veces son creencias, hábitos heredados, ignorancia, superstición, información equivocada, medios o personas que trabajan en ellos. No importa, a todos nos pasa.

Cuando estés así: enojado, sanguíneo, vehemente, preguntate ¿es tan así? ¿por qué? O seguí embistiendo tus propios molinos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Paranodia

Hace poco una situación me hizo pensar en una fusión de dos palabras: paranoia y odio. Ver y escuchar a alguien furioso, enojado con algo o alguien y notar como cualquier suceso o situación en su vida es responsabilidad y culpa de aquello que odia (directa o indirectamente) es sorprendente. Por absurdo que le pueda parecer a quien no comparte su odio.

La fuerza persuasiva que tenemos para convencernos de que las cosas son de cierta forma porque aquello que odiamos así lo quiso, es asombrosa. Es irracional por supuesto, casi fanático en su mecanismo pero termina por ser real para quien así lo cree.

"Yo lo sé. Yo sé que es así porque lo sé. No necesito investigarlo. Sé que es así". Bueno, por supuesto, para qué revisar algo que creemos o pensamos si porque  lo enunciamos ES. Lo cual me hace pensar en otra cosa: ¿qué opinión sobre nosotros mismos hace falta tener como para usar tal mecanismo?

¿Será que sabemos todo y por eso no necesitamos leer, informarnos, investigar? No somos nosotros los que somos definidos por el mundo sino al revés. Si nuestro pensamiento es la verdad y la realidad y ella se construye a partir de lo que nosotros creamos ¿no habría tantas verdades y realidades como opiniones formadas? Bueno si todos fuéramos igual de revisionistas en nuestro alcance tal vez. ¿Pero qué pasa cuando alguien SABE que ES como piensa? Básicamente TODO LO DEMÁS está MAL o es FALSO.

Me cuesta quizás ponerlo en palabras pero veo cierto delirio en esto. Una mezcla de odio y paranoia como dije al comienzo que funciona para quien la ejerce no como justificación de la realidad sino como molde de la misma.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Horizontal

Si alguien me pregunta cómo es la Patagonia lo primero que viene a mi mente es "horizontal". Nada describe mejor la topografía y la sensación que se tiene aquí que esa palabra.

Tal vez sea por ser de otro lugar, de una ciudad grande como Buenos Aires, que es más bien vertical con sus edificios.

El Sur parece infinito. El mar parece infinito. El paisaje ondulante, lunar, interminable. La escasa vegetación que se camufla con el color tierra. La vista ininterrumbida durante kilómetros. Y el sol. El sol pega diferente acá.

Así, en horizontal, uno se siente diferente. Pequeño en medio de lo inmenso. Aislado entre la desolación. Seco. Árido. Pero con la posibilidad de girar y girar sin ver a nadie a la redonda. Una sensación extraña que produce una mezcla de satisfacción, alivio y tensión. Una libertad anónima, ignota.

Es como si cada uno supiera que tiene sus prácticamente 11 km2 que si mal no recuerdo era la densidad poblacional de la zona en promedio cuando iba al colegio.

¿Se imaginan no tener a nadie pero a nadie en 11 Km a la redonda? Poder gritar sin que te escuchen, hacer sin que te vean. Existir sin que te sepan.

En Buenos Aires hay más gente pero cada uno va más camuflado. El espacio es más vertical. Podemos mirar hacia arriba. Buscamos el espacio así, el aire. Los que queremos horizontalidad vamos al río o a veces a alguna pastura llana. Pero no hay ningún lugar que te ofrezca lo mismo que hay acá. Nadie más que vos en un lugar, sin absolutamente ninguna estructura o rastro de humanidad en kilómetros.


martes, 26 de agosto de 2014

Instrucciones para tener un perro

No es tan sencillo como parece tener un perro. Lo primero que debe tener en cuenta es su voluntad. Es decir, recomendable es que antes de llevar a cabo la acción de obtenerlo, exista dicho deseo. No tengo información sobre cómo generarlo si éste no aparece.

Para tal motivo es imprescindible antes que otra cosa saber si usted conoce qué es un perro. Busque en libros, diccionarios y en Google si considera que es necesario hacerlo.

Por lo general estos seres vivos poseen 4 patas y un rabo o cola. Están cubiertos de pelo en casi todo su cuerpo salvo uñas, ojos y nariz. Son fácilmente identificables por su alegría incomprensible y la lengua rosada (casi siempre) que asoma entre sus dientes. Observe que a menudo poseen cuatro piezas dentales muy puntiagudas llamadas, casualmente, caninos.

Una vez aprehendido el concepto de qué es un perro, cerciórese de tener espacio como para que el animal pueda tomar un poco de aire. A diferencia de las plantas, estos seres precisan moverse y lo hacen con frecuencia. Gustan de afilar sus dientes contra objetos de madera como ser patas de silla y tardan un tiempo en comprender qué es lo que hicieron mal. Intente ponerse en su lugar y contemple su casa como un lugar para jugar y mordisquearlo todo y no desde nuestra visión humana donde un daño es con intención de complicar o vengarse.

Adopte, compre, acepte uno como regalo. Es importante este paso pues si no lo completa se enterará más tarde o más temprano, que ha fracasado en su intención de tener uno y se encontrará ofuscado o desorientado.

Una vez que el perro se encuentre con usted no olvide alimentarlo, darle agua y pasearlo a menudo. Son seres fieles que disfrutan de la compañía humana. Aprenden a sentarse, dar la pata, rodar e incluso a buscar cosas. No intente enseñarle a leer, tienen poca concentración y prefieren la televisión o la música.

Asegúrese de que su animal sea un perro. Existen otros similares de cuatro patas y rabo que se denominan gatos.

martes, 19 de agosto de 2014

Ubicuidad

Pensaba en cómo escribir sobre este tema sin hacerlo aburrido. No sé si lo logre pero vale la pena intentarlo. Hace años, cuando todavía era rebelde, me resistía con todo mi ser a usar celular. No hace tanto, no creas.

¿Por qué? Porque consideraba que las personas podían ubicarme fácilmente. O bien en el trabajo, o bien en mi casa (de mis viejos en aquél momento). Y no me equivocaba. Había vivido 25 años de ese modo. ¿Qué podía ser tan importante como para que no pudiera esperar una hora, dos máximo a que llegara a alguno de esos lugares?

No es que hoy haya cambiado tanto mi forma de pensar, creo que cambió el enfoque. No es la urgencia, es la facilidad. La opción. Poder elegir y bajarte del bondi a mitad de camino para encontrarte con alguien. O "charlar" mientras vas de un lugar a otro.

Con el tiempo les agregaron cámaras mejores y no faltó mucho para que tuvieran aplicaciones que nos permiten compartir las fotos que sacamos. Y dónde. Y dónde vamos, fuimos o iremos. Y con quién.

También la música que escuchamos. O si nos gustó algo que alguien escribió a quien tal vez nunca jamás en nuestra vida vimos ni veremos. Sin contar la cantidad de explicaciones y aclaraciones que ahora hay si se tiene una pareja que habita las redes sociales.

Nuestros hábitos han cambiado mucho. Hoy prácticamente cualquiera puede saber dónde estamos y con quién. Si es que así lo permitimos. Y a veces aunque no lo hagamos. Triangulación de antenas si hiciera falta y más o menos sabrán.

Es paradójico porque siento que cada vez sabemos más de quienes sabemos menos y menos de quienes sabemos más. Pensá si no cuánto conocés del detalle del día de tu pareja y compará con lo que sabés de quienes seguís en Twitter.

Cada tanto yo hago algo. Me gusta hacerlo para sentirme libre. Te cuento. Por si querés imitarme. Salgo sin celular a caminar con mi perro. Sin rumbo fijo. Y hablo con personas que no conozco. Y nadie sabe dónde estoy o si hice check in o chek out de un lugar. Ni si saqué una foto y la compartí. Me gusta porque siento que estoy de nuevo en el siglo pasado (así es, somos del siglo pasado algunos) cuando me iba y volvía recién a las 4 o 5 horas y tenía un montón para contar.

Es que a veces siento que cuando hago check in o tuiteo o etiqueto o comparto algo no soy yo el que comunica. Es mi celular.

miércoles, 16 de julio de 2014

Yo primero

¿Por qué dejar tu auto tapando un portón que es la entrada y salida de otros? ¿Por qué parar en el carril del medio de una avenida, a mitad de cuadra y ponerse a atornillar un andador, hacer bajar a una vieja y parar todo el tránsito? ¿Por qué dejar el auto que ocupe dos lugares en el supermercado?

No levantar la caca del perro porque te da fiaca, asco o porque "nadie lo hace". Total si la pisa otro no es problema tuyo.

¿Por qué empujar para subir al subte cuando abre las puertas? ¿Por un asiento? ¿Vale la pena tanto? Escuchar música sin auriculares, tirar papeles en la calle. Tirarle el humo del cigarrillo al que está al lado en la parada del colectivo.

En días donde se habla tanto del ejemplo de Mascherano, de su solidaridad. De cómo nos representa a todos los argentinos por la garra, el corazón, los huevos, la solidaridad por el compañero. En días donde destacamos que se llegó a donde se llegó por ser un equipo, por trabajar con humildad y respeto por el otro. ¿Por qué no podemos mirarnos en un espejo en vez de peinarnos con la sombra?

Creo que esas dos palabras resumen y explican muchísimas actitudes cotidianas. Siempre yo primero. ¿Vos? Ah, después vemos.

jueves, 19 de junio de 2014

¿Y ahora?

A veces me despierto así. Con esa pregunta, con esa incertidumbre. Así, desorientado. Antes me asustaba ahora no sé; creo que ya no. Me despierto con esa pregunta ahí, estática. Con esa pregunta que acapara el centro de mi cabeza como una alfombra en un living. 
Con esa pregunta que está en primer plano y borronea lo demás, le saca cuerpo. Volumen. Volumen de ocupar espacio pero también auditivo. Está ahí, inerte, sin titilar, sin rebotar, sin repetir y sin soplar. Quieta y despreocupada no me hace nada, solo está.
Como una persona que nos intimida con su sola presencia, aunque esté lejos de nuestro alcance. Fuera de rango. Y sé que puedo correr, puedo escapar y que no me va a hacer daño. Pero me va a encontrar. Siempre me va a encontrar. Habrá que tomar coraje y responderle, a ver si se va. A ver si me deja en paz. A ver si se convierte en otra. O aprender a convivir con ella. No sé si podré. Nadie sabe, creo que no.
Está ahí y me interpela. Todo el tiempo. ¿Y ahora?
No sé. Y ahora no sé.